Los beneficios arriesgados de un impuesto llamado inflación

Los mercados financieros empiezan a descontarla y han provocado repuntes muy notables en las rentabilidades de los bonos soberanos

Vuelve la inflación. Pónganse a cubierto o recíbanla con regocijo, porque es un fenómeno que no deja indiferente a nadie; es un acompañante incómodo que drena la riqueza con la suavidad de la vaselina, pero que transmite la sensación de que la incrementa. Ha sido un amigo agradecido de los endeudados, un auténtico apestado para los acreedores y un despreciable compañero de viaje para los asalariados que viven de las rentas de su trabajo. Mientras comunidades que la han sufrido con virulencia la detestan, las hay también que la celebran, porque alivian las cargas insoportables de sus pasivos. Tras más de una década larga sin inflación, incluso con brotes y peligrosas tentaciones de deflación, una parte de la doctrina económica reclama su vuelta, natural o fabricada, para reducir las ingentes montañas de deuda acumuladas, sobre todo por los Estados, durante las dos últimas crisis financieras y económicas. De hecho, el endeudamiento está hoy de nuevo en niveles récord con la tolerancia y la asistencia de los bancos centrales, y se ve la inflación como un remedio acelerado.

La simple invocación del fenómeno inflacionista, junto con algún episodio de repunte de los precios subyacentes en Europa y en EE UU, así como con interpretaciones de las autoridades monetarias en el sentido de permitir tasas más elevadas de inflación, ha servido para que los mercados financieros empiecen a descontarla y hayan provocado repuntes muy notables en las rentabilidades de los bonos soberanos, tanto en las emisiones primarias como en los intercambios del secundario. A ambos lados del Atlántico en las últimas semanas se han producido subidas serias de las rentabilidades, con las consiguientes caídas de precios y pérdidas en los fondos de renta fija, que empiezan a escenificar un futuro con más inflación, aunque con tasas controlables.

Algo parecido a lo que ya ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se permitió la subida de los precios, por otra parte inherente a un proceso de fuerte crecimiento económico en el que hay más demanda que oferta de bienes y servicios, para reducir los volúmenes de deuda sobre los niveles de riqueza, aunque no se trataba ni de lejos de algo tan desmadrado y generalizado como lo de ahora. Eso sí: después costó un descomunal esfuerzo volver a meter a la fiera en la jaula. Y ahora también en términos de inversión dañará a unas fórmulas más que a otras, con un castigo inicial a la inversión en bonos, salvo que se adquieran para mantenerlos hasta su vencimiento, y con una revalorización nominal engañosa en el caso de las acciones. Y lo que es peor: la deuda se financiará con tipos más elevados, con el consiguiente encarecimiento del crédito, y con un impuesto en la sombra llamado inflación.