Repsol, un plan estratégico ambicioso para vestirse de verde

El plan presentado ayer es ambicioso, está bien estructurado y constituye un ejemplo de reto estratégico y esfuerzo inversor

Repsol presentó ayer un ambicioso plan de transformación con el que aspira a convertirse en una compañía verde en un plazo de cinco años, un objetivo en el que invertirá 18.300 millones de euros, un 42% de los cuales se destinarán a España. La compañía presidida por Antonio Brufau ha diseñado una estrategia centrada en cuatro pilares: la transformación renovable, un modelo de generación de caja que permita alimentar el esfuerzo inversor, un giro en la política de dividendos y la reorganización de la compañía en cuatro grandes áreas. El escenario de crisis provocado por la lucha contra la pandemia de Covid-19 ha condicionado inevitablemente el desarrollo de este plan, que se articulará en dos fases. En la primera, hasta 2022, la compañía se concentrará en ganar músculo inversor y financiero, apostando por priorizar las medidas de eficiencia, reducir inversiones y optimizar capital, además de centrarse en proyectos que permitan aprovechar las oportunidades de la transición energética. La segunda se focalizará en la aceleración del crecimiento, con importantes inversiones en activos verdes y una estrategia de expansión internacional en el ámbito de las bajas emisiones.

El plan presentado ayer por Repsol es ambicioso, está bien estructurado y constituye un ejemplo del reto estratégico y el esfuerzo inversor que deben acometer las empresas de un sector como el de la energía para sobrevivir con éxito en un mercado firmemente condicionado por los plazos y exigencias de la legislación medioambiental. Se trata también de una oportunidad para adoptar un nuevo modelo de crecimiento que abre la puerta, entre otras oportunidades, al aprovechamiento del amplio montante de ayudas europeas para la recuperación ligadas a proyectos de descarbonización.

Pese a todo lo anterior, la nueva estrategia de la petrolera cuenta también con elementos de incertidumbre, lo que explica la apática acogida que la presentación tuvo ayer en el mercado, en el que también pesó la fuerte revalorización, del 50%, en las tres semanas últimas. Llama la atención entre ellos la previsión de autofinanciar su desarrollo en un escenario con un nivel de precios de 50 dólares del barril de Brent, algo que permitiría a la compañía cubrir las inversiones, remunerar a los accionistas y finalizar el plan con un nivel de endeudamiento similar al del ejercicio 2020, pero que no está en su mano. A todo ello hay que sumar el impacto en el cambio de la política de retribución de los accionistas, que en 2021 pasará a ser en efectivo con un recorte del 35%, aunque con la promesa de elevarse cada ejercicio hasta 2025. Más allá de esos interrogantes, el camino emprendido por Repsol no es una elección, sino una exigencia que antes o después habría debido afrontar.