La evolución del PIB condicionará los ingresos y los gastos públicos

En todo caso unas cuentas construidas sin corsé fiscal europeo siempre admiten modificaciones, tantas como las circunstancias aconsejen

Las cuentas públicas proyectadas para 2021 entregadas ayer por la ministra de Hacienda en el Congreso son las primeras que podrían encontrar respaldo suficiente de los grupos políticos para entrar en vigor tras los tres ejercicios de vigencia de las de 2018, que tras el año natural encadenaron dos prórrogas sucesivas. Las aprobadas en 2018 podían suponer una incómoda camisa de fuerza en la segunda parte de 2018 y 2019 para un Gobierno que tenía otros planes para la economía por mucho que se comprometiera con el rigor fiscal, pero en 2020 estaban ya totalmente fuera de la realidad. Las necesidades de gasto y de financiación del mismo, desbordadas por la paralización de la economía tanto en los ingresos tributarios como en unos gastos de súbita aparición, hacen necesario para el ejercicio que viene unas cuentas ajustadas al terreno y para ello el Gobierno precisa el respaldo político suficiente, una circunstancia con la que parece contar.

Cuestión aparte es si los respaldos parlamentarios son los adecuados como para hacer frente a una debacle económica como la que enfrenta el país, que exige la mejor disposición de los grandes partidos para apartar diferencias menores y acordar las políticas mayores. Cierto es también que el proyecto del Gobierno arranca con una serie de sesgos ideológicos muy marcados en sus decisiones impositivas que hace complicado el acercamiento de la oposición, por muy sincero que sea el giro que su líder quiera proyectar.

El Presupuesto público tiene este año una función añadida a la distribución tradicional de renta, cual es el auxilio del tejido productivo y de sus plantillas, que siguen en muy buena parte pendientes de la evolución de una economía muy condicionada por el coronavirus. Y precisamente por esta misma circunstancia, las cuentas del Estado tienen un marcado grado de incertidumbre, dado que ni los recursos ni los gastos están calculados sobre una evolución cierta de la actividad. Los ingresos tributarios previstos en todas las figuras tienen pocas posibilidades de cumplirse, puesto que están construidos sobre una estimación del desempeño económico desfasado por los acontecimientos de las dos o tres últimas semanas, y que podrían devenir en una segunda recesión intensa. Algo parecido puede pasar con los gastos, dado que las necesidades de empresas y particulares a atender, sea con rentas directas o con pasivos contingentes para avalar liquidez, pueden desbordar unas previsiones hechas en un escenario cambiante por semanas.

En todo caso, unas cuentas construidas sin corsé fiscal europeo siempre admiten modificaciones, tantas como las circunstancias aconsejen, aunque el Tesoro tenga que pedir en 2021 a los mercados 300.000 millones de euros.