Líbano, un paso más cerca del colapso

La explosión del puerto de Beirut es la puntilla a la delicada situación económica e institucional del país

Puerto de Beirut, este miércoles.
Puerto de Beirut, este miércoles. AFP

Este martes, Beirut sufría una de las mayores explosiones producidas en el mundo en las últimas décadas, solo comparable a la que destruyó el puerto chino de Tanjin en agosto de 2015. Además de las pérdidas humanas y materiales, así como a la paralización del mayor puerto de Líbano esta tragedia sirve de puntilla a la delicada situación que vive el país, al borde del colapso económico e institucional.

Echando la vista atrás no resulta difícil entender por qué ha llegado Líbano a su peor crisis desde la guerra civil de 1990. El pasado otoño se produjeron protestas en el país, pero quedaron eclipsadas por la violencia que se desató en Chile casi al mismo tiempo. La causa principal fue el descontento con el alto nivel de corrupción y la mala gestión de la crisis. El Producto Interior Bruto libanés lleva desde 2011 ascendiendo muy lentamente, y si bien no ha habido ninguna recesión hasta la llegada del coronavirus, el ritmo de crecimiento se parece más al de una economía avanzada que al de un país en desarrollo.

Algo así es inasumible para una nación que tiene una gran población joven que no consigue encontrar empleo. Además, tiene que hacerse cargo de buena parte de los desplazados por la guerra de Siria, que se han refugiado en el país vecino. Líbano ya tiene experiencia como nuevo hogar para huidos por conflictos, y acoge a casi medio millón de palestinos.

La libra libanesa mantiene un tipo de cambio fijo con el dólar desde hace décadas. Desde 2018, el banco central se ha visto obligado a deshacerse de parte de sus reservas para mantener el tipo de cambio y no devaluar la divisa. Aunque partía de una situación desahogada con el 65% del PIB en reservas, las operaciones de recompra de libras han mermado esta posición y si la situación no mejora las reservas de divisas se agotarían en un par de años.

Por ello, el pasado noviembre se estableció un corralito que pilló por sorpresa a buena parte de los ahorradores. Más de dos tercios de los depósitos y cuentas a la vista del país están en dólares, pero el sistema financiero presenta unos niveles muy bajos de solvencia y de liquidez. Ante la negativa del banco central a proporcionar los dólares que los ahorradores demandan de vuelta, se optó por impedir acceder a los ahorros y solo se dispone de una pequeña cantidad de dólares en efectivo por persona cada semana. Además, se han prohibido las transferencias al exterior para evitar la fuga de capitales que hubiera tenido lugar de otro modo.

Estas medidas restrictivas han hecho que la libra libanesa se devalúe en el mercado negro, donde ya solo se cambia moneda local por un tercio menos de su valor oficial. La política monetaria debería haberse flexibilizado para lidiar con la crisis, pero ha sido imposible debido a una inflación desbocada que supera el 50% y llega al 462% en alimentos y otros bienes básicos.

Con el precio de los alimentos quintuplicándose en el último año, ya no queda lejos la hiperinflación, que en tiempos recientes solo han tenido Estados fallidos como Venezuela, Sudán del Sur o República Democrática del Congo. A principios de año, Líbano tenía aún posibilidades de escapar de este grupo de países con economías arrasadas, pero la crisis del coronavirus y ahora la destrucción de su principal puerto hacen casi imposible revertir una situación que lleva tantos años empeorando.

La política fiscal también es incapaz de ayudar a recuperar la economía, ya que el déficit público lleva muchos años siendo elevado y creciente. Además, la deuda pública supera el 160% del PIB, y al contrario que en países como España o Italia, los intereses que demandan los inversores internacionales para adquirirla son muy elevados. Si ya los intereses exigidos al país eran altos, a partir de la restructuración de la deuda del pasado marzo, la primera de su historia, serán aún mayores.

A pesar de que Líbano es un país cercano, con salarios bajos, y cuyas ciudades están convenientemente situadas junto a puertos desde los que comerciar, tan solo 16 empresas españolas están establecidas en allí. En una decena de los casos se trata de pequeñas filiales para la confección de ropa, ya que el país es cercano a Turquía, uno de los grandes centros mundiales de la industria textil, y los sueldos libaneses son en torno a un 20% menores a los turcos. La ausencia de empresas españolas indica que a pesar de las aparentes ventajas que el país parecería tener, hay factores institucionales que limitan la atracción de capital extranjero.

En resumen, se trata de un país sin materias primas; con un déficit exterior apenas corregido por el turismo internacional, que ha desaparecido, y las inversiones extranjeras paralizadas desde hace años por la incertidumbre, el sector financiero está al borde de la insolvencia y sin liquidez, la economía al borde de la hiperinflación y el tipo de cambio fijado en un nivel artificial e insostenible. ¿Qué solución podría haber antes de que el malestar económico y social se transforme un conflicto violento?

Un préstamo del Fondo Monetario Internacional estaría condicionado a reformas fiscales que serían difícilmente implementables en la caótica situación actual. Una reestructuración más agresiva de la deuda tampoco sería suficiente, porque menos de la mitad de la deuda está en manos extranjeras, por lo que una quita afectaría también a la población local y podría ahondar la crisis en vez de contribuir a reducirla. La devaluación solo lograría desestabilizar más la economía a corto plazo.

Solo cabe pensar que la situación se complicará aún más salvo que se produzca un inesperado deus ex machina en forma de préstamos de China, que conseguiría atraer a su órbita a un país de la costa del Mediterráneo.

Juan Luis Santos es profesor en la Universidad CEU San Pablo