Una nueva industria para una reconstrucción sostenible

Por encima de los tradicionales factores de producción, trabajo y capital, el modelo que necesita España debe apostar por el conocimiento

Una nueva industria para una reconstrucción sostenible

Bastaron unas jornadas de inmersión, que se nos antojó irreal, en el confinamiento y el dramatismo de los efectos de la pandemia para que en las redes sociales cobraran relieve dos figuras que no suelen ser protagonistas: los científicos y la industria. Los primeros para arrojar luz sobre el futuro y esperanza sobre una solución sanitaria. La segunda, por el estupor derivado de nuestra incapacidad para acceder a productos básicos de protección.

Para el observador interesado no era la primera incomparecencia de nuestra industria, y la europea. En los meses previos a la crisis, la pugna por la supremacía económica, con resonancias en la seguridad nacional, entre los EEUU y China se visualizaba en el terreno de las tecnologías digitales, con Europa como observador invitado.

De forma menos visible para el gran público, en Europa ya habían saltado las alarmas por la desindustrialización de nuestro continente, al menos hace diez años. Cuando los países de la Unión Europea se fijaron un objetivo de intensidad del PIB industrial del 20% para el 2020. Desde entonces, ese porcentaje no ha hecho sino decrecer, si bien moderadamente, en nuestro país. La asignación de los CNAE al sector industrial ofrece actualmente un rango que varía entre el 11% y el 16% en el mejor de los casos.

También en la misma Estrategia 2020, Europa se propuso alcanzar una cifra de inversión en I+D que alcanzase el 3% del PIB, y los últimos datos muestran un estancamiento en el 2,06%, además con una profunda brecha entre el norte (que supera el 3% en varios casos) y el sur del continente (que no llega a 1,5%...).

¿Qué llevó a Europa a establecer esos objetivos hoy incumplidos y a que el liderazgo internacional se dirima en este terreno? La industria tecnológicamente avanzada genera empleo más estable, más productivo y mejor remunerado, tiene capacidad tractora en otros sectores, potencial exportador, y aporta resiliencia y seguridad a nuestra economía. Por todo ello debemos recuperar intensidad industrial.

Defender a la industria no significa menospreciar a otros sectores; dejar de reconocer la contribución que, por ejemplo, el turismo ha hecho al crecimiento y balanza de pagos de nuestro país. Pero dar la espalda a la industria es dar la espalda al futuro.

Tampoco propugnamos la autosuficiencia, siquiera a escala europea. Pretendemos que agentes industriales comprometidos con nuestra economía ocupen un papel más relevante en las cadenas de valor añadido internacionales a través de la competitividad y el cumplimiento de los objetivos de nuestra sociedad. Es precisamente el análisis de esas cadenas de valor el que va a permitir diseñar estrategias industriales más resilientes ante crisis, para determinar aquellos escalones donde España y/o Europa debe contar con alternativas propias. Las multinacionales españolas y las implantadas en nuestro país son un actor fundamental de ese paisaje.

El protagonismo de la actividad económica corresponde a la iniciativa privada. Pero ningún Estado debe hacer dejación de su capacidad para desarrollar una estrategia industrial en concierto con el sector privado. O, tal vez mejor, políticas industriales, porque creemos que no caben fórmulas universales para todos los sectores. La panoplia de instrumentos a su disposición es amplia. Política industrial, pero también de compras públicas, de innovación, de regulación de los mercados, de modernización de servicios públicos como la sanidad, la seguridad o la educación. Y, por supuesto, todos los instrumentos que hacen de un país un buen lugar para desarrollar proyectos empresariales.

No podemos ser buenos en todo. Nuestro país debe apalancar sus capacidades demostradas hasta el momento, sobre todo en sectores de contenido tecnológico medio, y apuntar a ocupar los espacios que abre el desarrollo tecnológico.

La cuarta revolución industrial tiene un norte muy claro en la digitalización y, sobre todo en Europa, la sostenibilidad. Las nuevas tecnologías abren la posibilidad al rediseño de productos y procesos, y de modelos de negocio. Un producto conectado, por ejemplo, establece un vínculo directo con los usuarios. Las empresas industriales pueden generar y capturar mayores parcelas de valor añadido a través de la prestación de servicios.

El cumplimiento de los objetivos de sostenibilidad supone un desafío tecnológico para el desarrollo de productos y procesos más respetuosos con el medio ambiente. La economía circular es una referencia para esa reinvención. Este reto es una oportunidad para la satisfacción de las necesidades de la sociedad, en nuestro continente para empezar. El resto del mundo seguirá este camino.

Esa nueva industria que perseguimos será demandante de un empleo diferente. Un empleo transformado por la digitalización y la automatización.

La competitividad de nuestra industria no debe construirse sobre bajos costes salariales. Esta encrucijada histórica se debe emplear para impulsar una nueva estrategia de talento en nuestra economía a través de la habilitación digital masiva, formación continua en el puesto de trabajo, educación ajustada a las necesidades del tejido productivo, formación profesional valorada, permeabilidad con el mundo investigador. Por encima de los tradicionales factores de producción, trabajo y capital, nuestra industria debe apostar por el conocimiento.

Hace poco, desde nuestra organización y la Comunidad IND+I presentábamos estas ideas, como parte de propuestas más amplias para la reconstrucción de nuestra economía. Confiamos que puedan ser de utilidad para nuestros responsables políticos en la difícil pero ineludible tarea de ofrecer un horizonte de prosperidad, inclusión y justicia social a nuestro país. La industria es parte de él.

Luis Fernando Alvarez-Gascón/ Guillermo Dorronsoro son presidente del Foro de Empresas Innovadoras/ management board advisor de Zabala Innovation Consulting