Los resultados y las expectativas en las decisiones de inversión

Los particulares deberán optar entre la seguridad de las empresas menos afectadas en la recesión y la apuesta por las que han caído más, pero disponen de mayor margen

Las empresas cotizadas de todo el mundo comenzarán en un par de semanas a escupir los resultados logrados en el segundo trimestre de este año, el que puede considerarse más dramático de la historia para las cuentas corporativas. Las caídas de la demanda en todo el mundo, con actividades paralizadas completamente y otras a menos de medio gas, reflejarán unos descensos de las ventas y unos registros de pérdidas propios de una situación excepcional, pero que se empieza a superar lentamente, y con velocidades asimétricas en cada país. Tales cuentas ya han tenido su reflejo en el valor de las compañías, que los ajustaron en no más de dos semanas de marzo, cuando se echó encima el cierre de la actividad para frenar el contagio masivo de las poblaciones. Por tanto, ahora tienen más valor que las cuentas pasadas las expectativas de los negocios para el futuro inmediato y el de medio plazo, y ellas serán las que movilicen las decisiones de los inversores.

En este trimestre maldito no han sido ni siquiera necesarias las advertencias sobre resultados que tradicionalmente comunican las compañías cuando hay una variación sustancial sobre las previsiones lanzadas al mercado; todo el mundo sabe de la excepcionalidad de la situación y da por hecho que lo lógico es que las empresas, en general, comuniquen ahora fuertes caídas de ventas y pérdidas. Únicamente determinadas actividades esenciales, como las telecomunicaciones, la tecnología, la logística, la energía, las farmacéuticas o la alimentación (este periódico ofrece hoy una pequeña selección) mantendrán un comportamiento lineal, aunque la demanda se haya resentido también.

Los analistas estarán más atentos al ritmo de reincorporación de las empresas a la rutinaria normalidad de antes, a la evolución de la pandemia y sus soluciones si se consiguen, a las decisiones de las autoridades políticas, económicas y monetarias para reactivar los negocios y, por supuesto, a las expectativas de ingresos y resultados de cada empresa; sus gestores sí están obligados ahora a hacer para despejar la mayor parte de las innumerables dudas que existen en el mercado.

Y una combinación de todos esos elementos será la que conforme las recomendaciones a los inversores, en las que volverá la tradicional discriminación en favor de las empresas que vuelvan antes a los números previos a la crisis, una circunstancia que en términos de volumen de beneficios no se producirá hasta 2022 o 2023. Y los particulares deberán optar entre la aburrida seguridad de las empresas menos afectadas en la recesión y la arriesgada apuesta por aquellas que han caído más, pero que ahora disponen de mayor margen de revalorizacón.