Creíamos que la inflación había muerto, ¿podría resucitarla el Covid-19?

Cuando se recupere la normalidad, el mundo puede toparse con un exceso de medidas de estímulo y con sus consecuencias a largo plazo en la economía

Creíamos que la inflación había muerto, ¿podría resucitarla el Covid-19?

Ronald Reagan dijo una vez que “la inflación es tan violenta como un atracador, tan temible como un asaltante armado y tan mortal como un asesino a sueldo”. En ese caso, las economías desarrolladas no se han topado con ningún atracador, asaltante armado o asesino a sueldo desde hace tiempo. ¿Podría el Covid-19 traerlos de vuelta? Las piezas del rompecabezas empiezan a encajar.

Reagan pronunció esas palabras en su campaña para la presidencia de EE UU a finales de la década de 1970, cuando el control de la inflación era uno de los mayores retos para los Gobiernos y los bancos centrales. Actualmente estamos muy lejos de esa situación, hasta el punto de que el mayor peligro nos parece la deflación, y tanto los bancos centrales como los Gobiernos se esfuerzan al máximo por estimular la economía por todos los medios. Hasta ahora, esto ha supuesto tipos de interés bajos o a cero, recompras de deuda pública y medidas de estímulo directo para combatir la reciente desaceleración provocada por la pandemia.

Demos un paso atrás. ¿Qué fue del atracador? La globalización le dejó sin trabajo. Uno a uno, a medida que los mercados empezaron a liberalizarse, el atracador se quedó sin nada a qué agarrarse. Ya fuera el mercado único en Europa, el TLCAN en Norteamérica, la adhesión de China a la OMC con los incontables países que siguieron sus pasos y las medidas adoptadas para facilitar el flujo de capitales y bienes a través de fronteras o la eliminación total de estas. Las cadenas de suministro globales crecieron, los costes se mantuvieron bajo control y, por cada Tailandia que se desarrolló y sufrió un aumento de la presión de costes, un Bangladés se sumaría a la familia global de naciones, dejando sin aliento al atracador. La rentabilidad (TIR) del treasury a 10 años marcó su nivel más alto, 15,68%, en octubre de 1981, y no ha dejado de bajar desde entonces.

Pero la situación había empezado a cambiar antes de que el mundo empezara a oír hablar del Covid-19. Mientras que el movimiento de flujos libres benefició a los propietarios de capital, segmentos del mercado laboral sufrieron deflación salarial durante casi 25 años. Este factor influyó probablemente en el voto a favor del Brexit en el Reino Unido, el Frente Nacional en Francia, Matteo Salvini en Italia, Donald Trump en EE UU, Jair Bolsonaro en Brasil y Rodrigo Duterte en Filipinas. Una restricción de las cadenas de suministro globales podría resucitar las presiones inflacionistas nacionales.

Y entonces llegó el Covid-19. La pandemia ha demostrado, con terribles efectos, la debilidad de las cadenas de suministro globales y, por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Gobiernos de todo el mundo se han visto obligados a cerrar sus fronteras y espacio aéreo. Una consecuencia a largo plazo de esta pandemia global podría ser que la localización de las cadenas de suministro vuelva a ser importante, tanto para las empresas como para los Gobiernos, que priorizarán la seguridad y la accesibilidad a los costes. Lo más probable es que los alimentos y los suministros médicos sean las máximas prioridades, pero el espectro se podría ampliar. Las empresas de las zonas consideradas críticas que dependan de las cadenas de suministro globales podrían tener que replantearse su funcionamiento. Todos estos cambios conllevarán costes más altos, y solo con el tiempo veremos quién se hace cargo de ellos.

“Si vas a hacer algo a lo grande, hazlo a lo grande de verdad”, dijo el presidente republicano Donald Trump al secretario del Tesoro, Steve Mnuchin. Y así es como EE UU ofreció el mayor conjunto de medidas de estímulo de su historia. El Gobierno alemán, prudente desde el punto de vista financiero, siguió también sus pasos, con un paquete de estímulo de 750.000 millones de euros, junto con innumerables medidas en todo el mundo. La UE, que ha suspendido los requisitos de deuda y déficit en todo el bloque europeo, está trabajando en un ambicioso plan de recuperación económica de 750.000 millones a su vez, de los que 500.000 serían ayudas a fondo perdido, y no préstamos, por primera vez en la historia del club.

Aunque cuando se producen ­shocks imprevistos se requieren medidas de estímulo, la magnitud y rapidez del estímulo que acabamos de ver no tienen precedentes. Los costes económicos del Covid-19 siguen sin conocerse, pero puede que las autoridades hayan abandonado la prudencia previendo el peor escenario posible.

Demos ahora un paso adelante. Cuando hayamos recuperado un cierto nivel de normalidad y si la tendencia de las barreras comerciales, lenta, aunque cada vez más importante, empieza a subir, podríamos encontrarnos en un mundo con exceso de estímulos económicos. Es probable que entonces veamos algunas de las consecuencias económicas a largo plazo.

La muerte del ciclo alcista de mercado del treasury a más de 30 años se ha vaticinado muchas veces. Hará falta una inflación sostenida en el sistema para que los tipos de interés a largo plazo suban. Aunque ahora mismo no es algo en lo que pensemos, las piezas de ese rompecabezas empiezan a encajar. Las decisiones políticas tienen consecuencias imprevistas, especialmente cuando se toman en momentos de presiones extremas.

Los que teman a los atracadores deberían tomar nota.

Randeep Somel es ‘Associate portfolio manager’ en M&G Investments