Cisnes negros, Europa y financiación del desarrollo

La UE necesita consolidar una política estratégica de cooperación a través del sector público y privado

Cisnes negros, Europa y financiación del desarrollo

Según afirma el profesor Taleb, un cisne negro es un hecho fortuito que se caracteriza por su efecto sorpresa, la imposibilidad de calcular las probabilidades de ocurrencia y su repercusión en el largo plazo. Estas tres circunstancias concurren en la actual crisis Covid-19, que no distingue entre países por niveles de desarrollo.

Ante la magnitud de los shocks derivados del Covid-19 en los países emergentes y en desarrollo, las instituciones europeas responsables de las políticas de cooperación consideran prioritario coordinar una respuesta extraordinaria conjunta. Bajo el paraguas Team Europe, la Comisión, las agencias nacionales de cooperación y las instituciones financieras de desarrollo (IFDs) multilaterales y bilaterales (agrupadas alrededor de la asociación de European Development Finance Institutions –EDFI–) se enfrentan al reto de articular una respuesta eficiente, rápida y selectiva frente al alcance global de la pandemia en aquellas zonas prioritarias para los intereses europeos.

En este empeño no solo es necesario transferir recursos para reforzar los sistemas sanitarios, enfrentarse al hambre y la malnutrición o sostener las rentas y el acceso a los servicios públicos básicos para los más desfavorecidos, sino también apoyar la liquidez de las microempresas y los negocios vulnerables o la financiación de proyectos que generen empleo, doten a la población de servicios esenciales y ayuden a reducir la pobreza.

El sector privado está desempeñando un papel creciente en el desarrollo de los países emergentes. Se estima que para cumplir los ambiciosos objetivos de la Agenda 2030 es necesario cuadruplicar la ayuda oficial al desarrollo con inversiones privadas en proyectos con impacto en desarrollo. Su crecimiento corre pareja a la progresión de la actividad de las IFDs multilaterales y bilaterales de muchos países de la OCDE, que alinearon sus prácticas financieras y no-financieras y hoy comparten con transparencia el análisis y la medición de los impactos de las inversiones, la lucha contra el cambio climático y la aspiración al logro de los ODS.

En la última década, y especialmente en países en desarrollo ricos en materias primas o con valor geoestratégico relevante, se ha sumado con fuerza la actividad inversora de China; un actor sin problemas de acceso a liquidez, que invierte en infraestructuras y empresas estratégicas y canaliza bilateralmente importantes recursos a unos gobiernos (y sus liderazgos), que perciben su financiación como ventajosa por conllevar menos cláusulas de condicionalidad no-financiera y cierta laxitud reputacional.

En ausencia de liderazgos políticos y económicos globales claros, parcialmente derivados del repliegue estadounidense del orden multilateral, el cisne negro del Covid-19 traerá consigo la reformulación de algunos consensos tradicionales de carácter económico y geopolítico. Para gobiernos desbordados por los efectos de la pandemia, la capacidad de acceder con prontitud a recursos que cubran sus necesidades perentorias marcará decisiones económicas y políticas de largo plazo.

En este contexto, China se encuentra bien posicionada y continuará su expansión global con aspiración de garantizarse no sólo el acceso y control de los recursos naturales esenciales y liderar las finanzas globales y el mercado mundial de manufacturas y tecnología, sino de consolidar su peso geopolítico. Por el contrario, Europa, enzarzada en peleas domésticas diversas y con recursos limitados, se enfrenta al reto de preservar las alianzas y vínculos económicos y políticos establecidos con los países en desarrollo a lo largo de la historia.

Europa necesita consolidar una política estratégica de cooperación a través del sector público y privado. En entornos fiscales ajustados tanto en los países inversores como receptores será esencial la colaboración público-privada. En este contexto, las EDFIs son clave en la ejecución de la política europea de desarrollo al compartir el riesgo con el sector privado. Son instituciones públicas rentables que llevan décadas invirtiendo en países y sectores que los inversores comerciales consideran de alto riesgo. Más del 60% de la cartera agregada –superior a 46.000 millones de euros– se concentra en países de ingresos bajos y medios-bajos, y más del 30% se encuentra en África subsahariana. En su actuación destaca el alto grado de alineamiento con las prioridades geoestratégicas de la Unión Europea, entre las que adquiere mayor protagonismo la lucha contra el cambio climático.

Todo lo anterior nos enfrenta con la reflexión de Taleb. El cisne negro del Covid-19 puede actuar como parteaguas de la influencia económica y geopolítica de Europa en los países en desarrollo. Las decisiones que se tomen para paliar el impacto de la crisis sobre los países en desarrollo , así como para mantener el empleo y la generación de rentas, van a ser esenciales para la geometría del orden geopolítico y económico resultante a largo plazo. Team Europe, en tanto política europea de cooperación al desarrollo, debe impulsar la dinámica reformadora de la inversión privada y de las alianzas público-privadas; y en este esfuerzo es clave el papel de las EDFIs compartiendo el riesgo de las inversiones.

José Luis Curbelo es Presidente de Cofides