Como hace diez años a Zapatero, Pearl Harbor amenaza ahora a Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la firma del Acuerdo Social en Defensa del Empleo, celebrado en el Complejo de La Moncloa
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la firma del Acuerdo Social en Defensa del Empleo, celebrado en el Complejo de La Moncloa Moncloa

Aunque los historiadores siguen dándole vueltas al verdadero grado de sorpresa con el que los americanos encajaron el ataque japonés a su flota en el ‘puerto de las perlas’, en Hawai, en la madrugada del domingo 7 de diciembre de 1941, al presidente Zapatero el exigente plan de recorte de gasto que le impuso la Unión Europea el 10 de mayo de 2010, su “particular Pearl Harbor”, le pilló de absoluta y paralizante sorpresa. Dos días después, tal que hoy hace diez años, sin levantar la mirada del atril el Congreso, desgranó lo que nunca pensó que el destino pudiera exigirle a una persona tan despreocupada de los dineros públicos como él: un recorte severo del sueldo de los funcionarios, una inaudita congelación de las pensiones y una fuerte reducción de la inversión pública. Diez años después, aunque todavía a una considerable altura como para poder verlo, sobrevuela sobre las finanzas públicas españolas el síndrome de Pearl Harbor.

Nada más estallar la crisis de 2008 Zapatero asistió a una cumbre del G20 invitado por Francia y acompañado por el secretario de Estado, David Vegara, para que explicara allí los fundamentos de la supervisión precautoria que habían hecho de la banca española, supuestamente, una de las más solventes. Mientras los países anglosajones sacaron la conclusión de que había que recapitalizar con urgencia y suficiencia la banca, tal como había propuesto el premier británico Gordon Brown, Zapatero concluyó que había que darle un arreón keynesiano al asunto y gastar dinero público a espuertas (Plan E, cheque bebé, etc.).

España vivía embriagada en la nube de vino y rosas del boom inmobiliario, el consumo sin freno y la deuda sin garantías como bandera, con los tipos reales negativos y la banca en huída hacia el abismo en la concesión de crédito. ¡Qué menos que más madera!, si estamos en la Champions League y vamos a pasar por encima de Alemania, Francia o Italia... Pero la crisis financiera comenzó a cobrarse víctimas donde los balances bancarios multiplicaban por diez el PIB de su país, como Irlanda, Grecia o Portugal, y a apuntar a países como España o Italia, donde las lindes entre una deuda soberana disparada para absorber las cornadas de la crisis y la solvencia de una banca que atesoraba ingentes bolsas de bonos públicos eran muy difusas, y el riesgo de contagio alarmante.

Tras el primer rescate de Grecia, los mercados financieros empezaron a poner en foco en el resto de economía débiles, y aunque la prima de riesgo era de unos cien puntos básicos, empezaron a explicitar que había varios euros, y que no todos tenían la aleación del alemán. La reacción de Europa fue poner deberes a los países más vulnerables para poner orden en sus finanzas públicas. En España el Gobierno aplicó religiosamente los recortes y el siempre generoso samaritano Zapatero perdió la virginidad social, y andando los meses, su partido las elecciones.

Diez años después, los acontecimientos empiezan a tener la misma mala pinta de entonces, aunque el detonante haya sido en este caso involuntario, la banca sea otra cosa y la economía no esté construída sobre arena. Una reacción expansiva del gasto público como nunca se ha visto, en la que veinte millones de personas cobran rentas públicas, y que será enjuiciada por los mercados en cuanto se despeje el covid. Atentos.