Desescalar con rigor y consenso para minimizar la pérdida económica

El Gobierno tiene que escuchar a empresas, sindicatos, comunidades autónomas y partidos políticos

Todos los escenarios predictivos sobre la economía y sus variables fiscales y sociales este año son demoledores y ningún país escapa a la recesión severa, dado el alto grado de interconexión que ha generado la globalización de la actividad en las últimas décadas. En el caso de España las apuestas aventuradas ya hace semanas para este año manejan descensos del PIB de, como poco, el 5%; pero el servicio de estudios del Banco de España plantea en su predicción más pesimista un escalofriante descenso del PIB del 13,6%, pese a admitir que bien podría limitarse la pérdida a la mitad (6,6% de caída este año) si las circunstancias permiten otros derroteros. En el peor de los casos, España registraría un déficit superior al 11%, acumularía deuda pública hasta el 122% del PIB y llevaría la tasa de paro a las sonrojantes cifras del 22%. Lógicamente, tal escenario solo sería posible si la resolución a la crisis sanitaria se resistiese y fuere necesario prolongar en exceso, hasta mediado junio, el estado de alarma, el confinamiento poblacional y la semihibernación productiva.

Por tanto, una vez que los números indican que la epidemia ha entrado en fase descendente (cada vez menos infectados, cada vez menos hospitalizados y cada vez menos número de fallecidos, por insoportable que este sea siempre), la recuperación de la actividad empieza a depender en notable proporción del acierto en las medidas de desescalada y en garantizar que no se desate ninguna nueva espiral de contagio, por localizado que esté, ya sea con test generalizados, protección segura o una combinación de ambas cosas. España tiene que resignarse a dar prácticamente por perdida la campaña turística de este año, con el coste que ello tiene para la economía nacional, por la doble condición de ser el segundo destino turístico del mundo, pero haber sido también uno de los países en los que con más virulencia se ha cebado el Covid-19. Hay, por tanto, una larga tarea para recomponer la confianza de los viajeros de todo el mundo en España como destino.

Pero conviene que la recuperación de la actividad general de los servicios y la industria, para que las cifras de pérdida no sean tan dramáticas como augura el Banco de España, se haga con rigor técnico, con seguridad en el trabajo ante contagios y con consenso político y social. El Gobierno tiene que escuchar a empresas, sindicatos, comunidades autónomas y partidos políticos (bienvenida sea la comisión parlamentaria aceptada ayer por Sánchez y Casado) para que puedan aportar algo útil en la recomposición de la economía, para soltar con tino el embrague y recuperar la marcha sin generar estrangulamiento alguno en la financiación, en la provisión de materia prima o en las cadenas comerciales. Cuanto mejor termine 2020, mejor empezará 2021.