El esqueleto macroeconómico precisa el músculo de las reformas

Parece más un ejercicio de continuidad que un intento real de giro copernicano

El Gobierno puso ayer en marcha la legislatura en términos presupuestarios con la aprobación de un nuevo techo de gasto y un reajuste a las previsiones macroeconómicas para los próximos cuatro años, con una renovada senda de consolidación fiscal que espera el beneplácito de Bruselas. Si la naturaleza de un ejecutivo de coalición progresista auguraba una pequeña revolución en los pilares presupuestarios, con apuestas decididas por determinadas cargas extraordinarias sobre renta y patrimonio o con programas de gasto adicionales, no parece haber tal. Si el Presupuesto es la primera palanca de la política económica, más pareciera un ejercicio de continuidad aunque a velocidad más moderada, que un intento real de producir un giro copernicano en la práctica de los años pasados. Ya advirtió la vicepresidenta Nadia Calviño a las manos fuertes del dinero en la City que el mejor ejemplo de lo que viene es el recorrido de los últimos 20 meses de Gobierno.

Parece, en todo caso, poco ambicioso tanto apostar por un ajuste fiscal muy lento, como por un crecimiento crónicamente modesto, que rondará guarismos inferiores a los de 2019 durante toda la legislatura. Lógicamente, lo segundo condiciona lo primero, hasta el punto de que concluirá la legislatura sin haber alcanzado el equilibrio presupuestario que en los planes de quien diseñó el Presupuesto todavía en vigor se lograba en 2021.

Se trata de objetivos perfectamente alcanzables, puesto que el esfuerzo de reducción del déficit es muy cómodo todos los ejercicios, salvo este primero, en el que desconocemos su cuantía por no estar completamente cerrado el desempeño de las cuentas en 2019. Los financiadores de los pasivos públicos (y privados) españoles no pondrán demasiados peros a estos planes, y únicamente el objetivo de deuda al final de la legislatura, el 89% en 2023, contiene ciertas reservas, ya que solo un crecimiento nominal del PIB tan generoso como el apuntado por Economía lo haría posible.

El esqueleto macroeconómico presentado parece, por tanto, coherente; pero los diferenciales de desempleo y de deuda de España son demasiado elevados como para poner en marcha números tan conformistas. No estaría de más evitar medidas de gasto ajeno a la inversión, así como elevaciones de impuestos que dañen la actividad, como se agradecería también más ambición en las variables de crecimiento y empleo, que necesariamente solo vendrán si el citado armazón macroeconómico va acompañado de la musculatura que proporcionan las reformas aparcadas desde 2015, y que son las que pueden estirar el crecimiento potencial que la economía necesita.