El equilibrio entre el catastrofismo y el avestruz

Esta fase recuerda a finales de 2007, cuando el Gobierno decía que todo iba bien y la oposición anunciaba catástrofe

Pedro Solbes y Manuel Pizarro, tras un debate en televisión en 2008.
Pedro Solbes y Manuel Pizarro, tras un debate en televisión en 2008.

Hace ya unos meses que todos los indicadores han tomado la mala dirección. De momento el consenso se mueve en que estamos ante una desaceleración de la economía, pero poco a poco se irán desempolvando adjetivos que quedaron arrumbados con la recuperación de los últimos años.

Los políticos y empresarios van a tener que pronunciarse en múltiples ocasiones en las próximas semanas sobre cómo ven la economía, si estamos en el quicio de la puerta de la crisis o abordando un aterrizaje suave. Y aquí surge un debate interesante, entre los que dicen que los líderes políticos y empresariales tienen que ser transparentes y claros con los ciudadanos y avisarles de los problemas que vienen y los que dicen que no, que el solo hecho de avisar de una crisis puede provocar que se produzca.

Visto en imágenes, estaríamos ante quienes creen que los Gobiernos deberían salir ya como cuando se espera a un huracán, pidiendo a la ciudadanía que se quede en casa y tapie puertas y ventanas; y los que creen que es mejor estar callados, que igual es un pequeño bache en el crecimiento, y lo que puede pasar es que la alarma genere miedo, contraiga la demanda, y haga real lo que era una hipótesis.

En el fondo es una discusión sobre el impacto de las expectativas, de lo que en la Bolsa llaman el sentimiento de mercado. Los datos dan cuenta de lo que pasó, hace un mes, un trimestre o un año, pero las decisiones de compra a futuro son una mezcla de la profundidad del bolsillo y lo que dicta el estado de ánimo.

Por tanto, en las próximas semanas vamos a ver a los empresarios en sus encuentros con la prensa cómo templan gaitas cuando los periodistas les pregunten sobre sus expectativas de la economía, si estamos entrando ya en crisis, en recesión o es una tormenta. Este debate sería menos intenso si ya tuviéramos Gobierno, pero como estamos en campaña, es seguro que los líderes políticos se van a enzarzar en esta discusión, sin importarles mucho los efectos secundarios. Lo cómico es que el Gobierno del PSOE, que está gestionando los presupuestos aprobados por el PP, dirá que España va bien, y el PP, que el PSOE ha roto su bonito mundo.

La realidad es que estamos en manos de la geopolítica mundial, al igual que en 2007. Entonces, la crisis la inoculó los excesos en el endeudamiento inmobiliario en Estados Unidos, que provocaron el cierre de los mercados de deuda y arrastró especialmente a países, como España, que tenían en carne viva todos los excesos de un boom inmobiliario sin control y una gestión pública muy deficiente. Toda esta fiesta patria la estaban financiando ahorradores de los sitios más inimaginables del mundo, que nos cortaron el grifo.

Estamos en una fase que recuerda demasiado a finales de 2007 y principios de 2008, cuando el Gobierno se empeñaba en decir que todo va bien y la oposición anunciaba una catástrofe. El máximo exponente de esta situación fue el debate que mantuvieron la noche del 21 de febrero de 2008 en Antena 3 TV Pedro Solbes, ministro de Economía, y Manuel Pizarro. Las encuestas de aquella noche sentenciaron que el soso de Pedro Solbes se llevó el gato al agua contra todo pronóstico, mientras que el recio aragonés escribió el epitafio de su corta carrera política.

Casi doce años después las heridas de la crisis están muy presentes. El paro aumentó en cinco años en cuatro millones de personas (de dos millones en 2007 a seis en 2012). El número de hogares sin ingresos llegó a superar los 773.000 a finales de 2013. El miedo se instaló de tal manera en la gente, que se ha vuelto mucho más conservadora, hasta el punto de que pese a la mejora de la economía en los últimos años el endeudamiento de las familias no ha parado de bajar.

El debate Solbes-Pizarro puso de manifiesto que el ciudadano, el votante, no quería oír el discurso cenizo de fin de fiesta, prefería agarrarse a aquel que le vendía tranquimicina en forma de “una cierta desaceleración”. Pero el comportamiento posterior de ese paisano pone de manifiesto que aquel gobernante que le intente tomar el pelo será duramente castigado. No hay más que ver el viaje al infierno que sufrieron PSOE y PP en las siguientes elecciones, que han alumbrado a cuatro partidos políticos de nuevo cuño.

Por tanto, cabe suponer que hoy sería impensable que se repitiera un debate así. El catastrofismo no funciona y envolver bien datos del pasado para engañar con el futuro, tampoco.

Esta misma semana, Angels Barceló preguntó a Pedro Sánchez por la situación económica y admitió que hay “riesgo de crisis económica en el mundo, en Europa y, en consecuencia, en España”. Según iba diciendo todo estaba pensando los atenuantes: “La economía española tiene fundamentos sólidos”. En fin, ¿no se referirá a que seguimos con déficits públicos anuales de más del 2%, una deuda púbica acumulada de 1,2 billones y un gasto en pensiones imposible de financiar?

El paisano hace tiempo que dejó de escuchar los cánticos de sirena y se ha quitado la mano del corazón para ponerla en la cartera. Si presiente la gota fría, se comprará una barca, aunque no haya remado en su vida.

En la actual coyuntura, lo que cabe pedir a los líderes sociales, sean políticos, empresarios o arzobispos, es que traten a los ciudadanos como adultos y les digan la verdad. Si nadie quiere otra crisis, no la convoquemos, pero tampoco hagamos como el avestruz.

 Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información y Profesor de la UCM