Los bajos intereses de la deuda no deben hacer caer en la complacencia

Los desafíos a largo plazo para las cuentas públicas son enormes

El Tesoro está haciendo sus deberes financieros con la inestimable ayuda de un entorno de tipos de interés muy favorable. Los últimos datos apuntan a que este año reducirá en otros 10.000 millones de euros la emisión neta de deuda neta, que se quedará en 20.000 millones, la cifra más baja desde 2007, antes del inicio de la crisis. En total, tomando en cuenta que el objetivo de emisión neta de deuda ya se había rebajado en 5.000 millones, se ha recortado la previsión de inicios de año un 43%. La rebaja en las necesidades de financiación del Estado se explican por una mayor confianza inversora, una prima de riesgo más reducida y un entorno de tipos cero.

 

La segunda buena noticia es que los tipos de interés ultrabajos (negativos en buena parte de la curva de la deuda pública española) están permitiendo un considerable ahorro en la factura de intereses que paga el Estado, que la directora general del Tesoro, Elena Aparici, cifró en 2.334 millones de euros. Esa cifra es superior, por ejemplo, a lo que el Gobierno de Pedro Sánchez pretendía recaudar con la tasa Google y el impuesto a las transacciones financieras —dos impuestos con errores evidentes de diseño y de concepto—, así que el ahorro ayudará a cuadrar las cuentas de 2019 y a desviarse algo menos de los objetivos de déficit.

Las buenas nuevas que da el mercado de deuda no deben llevar al Gobierno a la complacencia. Este año, el coste medio de las nuevas emisiones ha sido de solo el 0,37% y el de la deuda en circulación, del 2,29%. Pero no hay que olvidar que la deuda pública sigue muy cerca del 100% del producto interior bruto y que los desafíos a largo plazo para las cuentas públicas son enormes, vinculados sobre todo al gasto derivado del envejecimiento de la población (pensiones y sanidad).

Un cambio en las condiciones de mercado, bien porque la política monetaria recobre la normalidad (algo que es verdad que no parece muy próximo) o bien porque los inversores dejen de confiar en España ante alegrías excesivas en el gasto, tendría un coste altísimo sobre nuestra deuda, nuestro crecimiento y nuestro bienestar. En un momento de inestabilidad política como el actual, es de celebrar que se haya mantenido cierta ortodoxia con las cuentas públicas, pero también hay que advertir de los enormes riesgos que conllevaría abandonar ese camino. Reducir el déficit y la deuda debe seguir estando en la agenda del próximo Gobierno.

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