La Mallorquina expande sus napolitanas por Madrid

La centenaria pastelería de la Puerta del Sol abre en septiembre local con obrador en el Barrio de Salamanca, que se suma a otro abierto en El Rastro

Napolitanas de La Mallorquina.
Napolitanas de La Mallorquina.

Sus primeros toldos se desplegaron en la calle Jacometrezo, donde permaneció por un espacio breve de tiempo. Más tarde, la pastelería La Mallorquina, que este año cumple 125 años, se mudó a la madrileña Puerta del Sol, donde desde entonces es un emblema. Fundada en 1894, este negocio familiar, dirigido hoy por Ricardo Quiroga, forma parte de la historia dulce de la ciudad, conocida desde los años sesenta por sus napolitanas de crema. Coincidiendo con este aniversario, La Mallorquina inaugurará en breve un nuevo espacio en Madrid.

El próximo mes de septiembre abrirá en pleno Barrio de Salamanca, en un local en la calle Velázquez, esquina con Hermosilla. El espacio contará con obrador propio e incorporará, a la misma carta que ofrece en Sol, una nueva línea de producto exclusiva para este espacio. Además, desde este verano tiene abierto otro local en el Madrid más castizo, en El Rastro, donde ofrece su clásica carta: pastas, hojaldres tartas, dulces de temporada o sugerencias saladas.

Fachada de La Mallorquina, en la Puerta del Sol.
Fachada de La Mallorquina, en la Puerta del Sol.

“La Mallorquina se ha convertido en un referente en la capital, y desde esta posición avanza en su modelo de negocio con la inauguración de dos nuevas pastelerías que nos permitirán aproximarnos a nuevos públicos”, explica Quiroga, quien destaca la importancia del comercio tradicional y las tiendas centenarias de la ciudad, “establecimientos que aportan personalidad a la ciudad”. De hecho, La Mallorquina fue pionera en introducir productos que hasta entonces no habían llegado a la capital, como el tradicional roscón de Reyes o las ensaimadas.

En sus vitrinas y escaparates, también empezó a ofrecer propuestas saladas como embutidos, conservas, merlitones, barquillos, torteles o rusos, así como colecciones de bombones. Uno de los artífices del éxito de la pastelería fue el confitero Teodoro Bardají, que aportó al obrador nuevas creaciones, fórmulas y técnicas traídas desde París.

Fue también un espacio de reuniones y de tertulias de miembros de la Casa Real, del Gobierno, artistas, filósofos y escritores, como Ortega y Gasset, Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, Gómez de la Serna o Juan Ramón Jiménez. Este último pedía un tortel con café y subía al salón en busca de inspiración.

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