Un programa social con incógnitas en el respaldo político y en la financiación

No hay certeza alguna de que Sánchez pueda lograr el respaldo para ser presidente ni en la primera votación ni en la segunda

Pedro Sánchez se presentó ayer ante el Congreso de los Diputados para someterse a la investidura como presidente del Gobierno con la incógnita de saber si será elegido o no. Y tras la primera sesión, y oídos los grupos políticos de la oposición (PP, Ciudadanos y Podemos, sobre todo Podemos), la incógnita sigue viva. No hay certeza alguna de que el candidato socialista pueda lograr el respaldo para ser presidente ni en la primera votación, que exige mayoría absoluta, ni en la segunda, donde bastan más votos a favor que en contra.

Sánchez reclamó insistentemente la abstención de la derecha, más como maniobra política que como fundamento programático, puesto que el discurso de dos horas que expuso era un compendio de aspiraciones sociales más fáciles de encajar con Podemos que con la derecha, por muy de acuerdo que se pueda estar desde todas las posiciones ideológicas en lograr la igualdad entre hombres y mujeres, desterrar la desigualdad laboral, hacer una transición ecológica magistral, dignificar el empleo, asegurar las pensiones o ponerse al frente de la revolución tecnológica y digital. De hecho, una muy buena parte del programa expuesto, más teórico que plagado de medidas prácticas y que Sánchez llamó “de izquierdas y progreso”, no era otra cosa que una prolongación de los planteamientos que el Gobierno de Sánchez, con el apoyo de Podemos, ha aplicado o tratado de aplicar en España desde junio del año pasado: nuevo Estatuo de los Trabajadores, derogar cuestiones lesivas de la reforma laboral de 2012, subir el SMI, ingreso vital, educación infantil gratuita, ayuda a la dependencia, racionalización de horarios, fiscalidad verde, etc.

Pero parece cierto que este programa no ha sido negociado ni con Podemos ni con nadie, porque ha sido pensado para rentabilizarlo, si fuere posible lograr todas las metas, en solitario, y si no fuere posible pasar el filtro de la investidura, someterlo a una nueva ronda electoral que refuerce la posición de Sánchez. Por tanto, negociación entre PSOE y Podemos parece haber, aunque del tono de las intervenciones rezuma una opción de pacto más bien limitado, aunque el meollo de la cuestión sigue más en la participación de los populistas radicales en el Ejecutivo (Iglesias reclama una de cada tres carteras) que en el redactado de los compromisos a aplicar.

Sánchez puso objetivos a lograr, muchos de ellos con medidas concretas aún sin cuantificar, y muchos otros como mera enumeración de buenas intenciones. Destacable fue el compromiso de volcar el esfuerzo en la educación y la digitalización de la economía y de las habilidades de los jóvenes, con un compromiso de gasto potente, pero sin referencia alguna a cómo se financia.

 

 

 

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