¿Qué quiere la UE ahora mismo del Reino Unido?

No se han deteriorado tanto las magnitudes macro como vaticinaban algunos agoreros

¿Qué quiere la UE ahora mismo del Reino Unido?

Paradojas de la elocuencia vacía de la política. 2 de junio de 2019, constitución del Parlamento Europeo. Al son de los acordes del himno de Beethoven Oda de la alegría, casi tres decenas de diputados británicos, eurodiputados, en una absoluta falta de decencia política y respeto institucional, giran sus torsos y dan la espalda al Parlamento y a Europa continental, esa que tanto desprecian y que no desaprovechan la oportunidad de escenificar sus gestos y sus fobias.

Son diputados del partido de Farage, otro de los cadáveres políticos del Brexit y que buscan esa fotografía de un divorcio que no termina de firmarse ante el sinvivir británico. Ni sabemos lo que quieren ni tampoco lo que no quieren. Esa es la esquizofrenia que sufre en estos momentos la política británica. Otro premier que cae, más por incompetencia y falta de inteligencia que por pasar a la historia como quien hizo posible el divorcio. Mientras siguen los relojes de los vetos, pero también de los embustes y las medias verdades. La soberbia malhadada que ha llevado a un enorme callejón sin salida el tema del Brexit.

También podríamos hacernos ese interrogante a la inversa, ¿qué quiere la Unión Europea ahora mismo respecto a la isla? El hartazgo del continente ante el espectáculo esperpéntico en todo caso de la tan sonada flema británica cansa, y mucho. Ahora bien, esa misma Europa hoy cada vez más sin contenido claro y con un continente que no sabe qué rumbo tomar ni tampoco que líderes elegir.

El Brexit es malo para todos, pero sin duda es infinitamente peor para los británicos que para el resto de europeos del continente. Han jugado con fuego sus irresponsables políticos y lo han hecho sobre una ruleta de errores garrafales y vanidosos, donde ha faltado consecuencia y coherencia, amén de alturas de miras. No puedes convocar un referéndum a la ligera con una pistola con tambor de cinco balas y un hueco. Las probabilidades estaban ahí.

Tampoco es normal ni racional que los dos principales líderes de los dos partidos clave no sean capaces de reunirse en casi tres años y poner sobre la mesa este gran dilema, cuando no drama. Si May ha fracasado no es menor el fracaso de Corbyn.

Si los escenarios se cumpliesen, en octubre la isla saldría, por fin, de la Unión. Su anhelada salida para ellos y la esperanza de que por fin salgan para el resto.

No es la primera vez que eurodiputados británicos se dan la vuelta en la Eurocámara, ya lo hicieron hace cinco años. Ni tampoco menor el momento solemne, la inauguración de las sesiones y sobre todo, del nuevo Parlamento electo. Desprecio y socarronería a partes iguales.

Se acaba un tiempo que es el de contemperar en un gallinero demasiado revuelto y al que a la propia Unión y a la Comisión les ha faltado la dureza y firmeza por el tiovivo emocional de los británicos, amén de la consciencia de la gravedad que su decisión les depara.

En estos casi tres años se ha especulado de todo. Desde el fracaso compartido hasta los siete males para todo. Pero sin duda es peor amagar y retar, vetar y condicionar en un carrusel temperamental de intereses egoístas que no tomar una decisión firme y definitiva. Sin más paños calientes. Allá cada uno con las consecuencias de las decisiones que toma. Cada cual puede suicidarse política y económicamente, lo malo son las consecuencias que acaban por afectar a quienes no tienen la culpa. Son muy dueños y, cómo no, muy soberanos de tomar cuantas decisiones deseen, pero háganlo después de analizar beneficios y contras, ventajas y pérdidas.

No se han resentido tanto las macromagnitudes económicas ni las estadísticas como vaticinaban los agoreros del catastrofismo. Hagamos normal lo que tiene que ser normal, asumamos los hechos, taponemos las heridas y hemorragias pues cuanto antes lo hagamos, la cicatrización será mejor. Como también el restañar con el tiempo heridas. Quienes exportaban e importaban productos ya han tenido tiempo para calcular, computar y, en su caso, cambiar de estrategias, socios y clientes. Quienes han buscado y ofrecido sedes sociales y territoriales para filiales y grupos ya han hecho su pequeño, en todo caso, agosto. Nada cambiará taumatúrgicamente, sino lenta e inexorablemente, pero hacia la normalidad económica y política. Solo es cuestión de mentalización. De tiempo y del decorrerse de los hechos por sí mismos. Los euroescépticos cantan su pírrica victoria y los que aún suspiran por una Europa, en cualquier caso mejorable y más cercana al ciudadano, se alivian de que por fin todo apunte hacia un final. Cuanto menos dramático sea, mejor, pero de los dramas también se aprenden lecciones y se sientan precedentes que solo la magia del tiempo acaba razonando.

Es claro que a los ingleses, a algunos, se les atragantó desde 1973, fecha de su ingreso oficial en la otrora CEE, la novena sinfonía. Allá quien no tiene gustos musicales. El juego ahora se centra en el esperpéntico y no menos histriónico Boris Johnson y Jeremy Hunt. Ambos aspiran a suceder a May. Y no dudan en radicalizar y exacerbar su postura hacia el Brexit y la salida dura costando lo que cueste. Tienen que contentar a sus huestes y ganar el 10 de Downing St.

Luego vendrá lastimosos a llorar a Bruselas y pedir que se suavice la partitura. Esta vez sin el genio alemán. Musical nos referimos. Quieren concesiones de Europa ante su desdén, su desidia y sus devaneos. Pero se acabaron o deberían acabar los tiempos de tamañas liberalidades, al césar lo que es del césar, a Dios lo que es Dios. No puede ser más claro ni menos alto.

Esto también debería pesar estos días donde se reparten cual canonjías vacías las poltronas de Bruselas y Estrasburgo en una dividida y desolada Europa sin liderazgo y nos tememos que también sin rumbo. Las espaldas del Brexit se convierten en dagas.

Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas

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