Torres del Paine, el señor de la Patagonia chilena

Pilares de granito, estepas y bosques magallánicos

Patagonia chilena
Mirador Británico, envuelto por el bosque magallánico y la cordillera del Paine.

Existen pocos lugares capaces de evocar un sentimiento de pureza semejante. Como un viaje hacia lo inexplorado muy cerca del fin del mundo. En la Patagonia chilena, cualquier rastro humano parece un intruso en la tierra de las estepas remotas, los glaciares, los fiordos y los macizos graníticos azotados por los vientos y tormentas australes.

Sin embargo, hace 12.000 años los aonikenk ya dominaban el territorio de la Región de Magallanes y de la Antártica chilena, heredado por baqueanos (arrieros) y codiciado por exploradores.

Vuelta a lo salvaje: el parque chileno escapa al turismo

Nuestro autobús avanza en solitario por la Ruta 9, que vertebra la pampa al norte de Puerto Natales (17.000 habitantes), capital de la provincia de Última Esperanza (aquí los nombres no se escogían así porque sí). Los guanacos (camélidos) pastan en las praderas y en las colinas la niebla amenaza con privar a los viajeros de su ansiada postal patagónica.

El clima es tan caprichoso como la orografía y pronto se sabe. Nosotros íbamos a tener suerte. Como lanzas afiladas vislumbramos los picos de granito que se elevan a más 2.000 metros sobre la estepa patagónica. Hemos llegado a Torres del Paine.

Más allá de las postales

Cada año esta reserva (1.810 km2) recibe cerca de 300.000 visitantes, muchos de los cuales seducidos por la imagen de las Torres y los Cuernos puntiagudos como cuchillas sobre lagos esmeralda. Sin embargo, una vez se registran en cualquiera de las cuatro porterías de acceso se dan cuenta de que este parque nacional, fundado en 1959, trasciende cualquier cliché turístico y abraza el espíritu de la última frontera.

El otoño austral disipa los vientos y los visitantes y engalana el territorio del puma y el cóndor antes de la llegada de las nieves

Al macizo del Paine lo acompaña un paisaje sublime plagado de contrastes. Los senderos de tierra y roca nos guían hacia glaciares de un color azul intenso a través de bosques magallánicos donde se esconden escurridizos huemules (ciervos).

Ríos y cascadas descienden desde cumbres abruptas donde se suelen avistar cóndores y en las pampas el puma sigue al acecho del guanaco. Ahora, el otoño austral envuelve el parque en una sinfonía cromática difícil de igualar en el momento en que el turista y el viento estival escasean antes de la llegada de las nieves.

El lago Nordenskjöld.rn
El lago Nordenskjöld.

Circuito W

“En el Paine se pueden experimentar las cuatro estaciones en un solo día”, explica Iván Gómez, guía del parque, que acompaña a los viajeros en la meca del trekking. Aquí manda lo salvaje y venir preparado es siempre un imperativo.

El circuito de la W recorre las localizaciones más emblemáticas del Paine en una travesía de unos cinco días. De campamento a refugio, suba hasta el mirador de la Base de las Torres, que brillan como el fuego al amanecer, o el Británico, perdido en la espesura de la lenga y rodeado de montañas. Cruce ríos y puentes colgantes hasta llegar al glaciar Grey, bordee el lago Nordenskjöld o el Pehoé y ríndase ante la magnitud del Paine Grande (3.050 m). No todas las aventuras iban a empezar en el norte.

Guía de viaje

El glaciar Grey.
El glaciar Grey.

Cómo llegar. Torres del Paine se localiza 112 km al norte de Puerto Natales. El aeropuerto más cercano es el de Punta Arenas, 240 km al sur. La empresa Bus Sur ofrece trayectos desde el aeropuerto hasta Puerto Natales y desde aquí al parque.

Dónde dormir. Perdidos en medio de lo salvaje. Los refugios y campamentos son la mejor opción para sentir el auténtico espíritu patagónico. Tome nota: Chileno, Cuernos, Paine Grande y Grey. De 30 a 100 euros.

Más información. www.sernatur.cl.

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