Imaginemos un país gobernado por robots

Una encuesta en Reino Unido arroja la inquietante conclusión de que un 26% cree que lo harían mejor

Imaginemos un país gobernado por robots

Tenemos elecciones a la vista y los candidatos enseñan su mejor plumaje en los debates televisivos. La competencia por el voto es feroz: es huidizo y voluble estos días. Los contendientes conocen los resortes que activan la opinión pública y se aplican con esmero. La esperanza de seducir al electorado y tal vez inclinar la balanza para arrebatar escaños de última hora a las predicciones añade alborozo y tensión. A los humanos nos cautivan estas cosas y nuestros políticos saben manejarlas.

Hace aproximadamente un año, algunos diarios se hicieron eco del éxito de Michihito Matsuda en las elecciones a la alcaldía japonesa de Tama. La candidatura de Matsuda fue la tercera más votada, a poca distancia del segundo aspirante, Takahashi Toshihiko. La noticia tendría poco de extraordinario si no fuera porque la honorable candidata Matsuda es en realidad una robot. Para ser más precisos, Michihito fue presentada a la opinión pública como una inteligencia artificial capaz de gobernar mejor que sus homólogos humanos. Prometía oportunidades para todos, desterrar la corrupción y encontrar mejores soluciones a los problemas de su circunscripción. Detrás de la Michihito digital se encontraba en realidad un espabilado Michihito de carne y hueso. Este se presentaba a sí mismo como un mero avatar de la Michihito de unos y ceros.

Más allá del cuestionable experimento, da que pensar que una candidata tan etérea y extravagante como la Michihito cibernética pudiera llegar a seducir al 10% del electorado, acercándose tanto al segundo candidato. Imagino que el señor Toshihiko debió sentirse aliviado de que el seppuku lleve más de un siglo desterrado en el país del sol naciente.

¿Podría realmente un robot gobernar mejor que un político humano? Una encuesta hecha en 2017 en el Reino Unido arrojó la inquietante conclusión de que el 26% de los entrevistados lo consideraba, convencidos de que cometerían menos errores que sus homólogos de carne y hueso. Visto el estado del arte de nuestros políticos de tecnología humana, tal vez las conclusiones se quedaron cortas. Posiblemente estos sondeos estén midiendo la desafección generalizada que hoy existe respecto a nuestros gobernantes, más que un verdadero anhelo de ser gobernados por algo parecido al Skynet de la política. ¿Habrían sido diferentes los resultados si la encuesta hubiera propuesto que nos gobernara una tostadora?

En el plano tecnológico, los avances de la llamada AI nos han deparado algún experimento digno de atención. En 2012 el chatbot ucraniano Eugene Goostman logró engañar a un jurado, haciéndose pasar por un adolescente de 13 años. Más recientemente, la AI de IBM Miss Debater logró mantener con éxito un debate con el campeón mundial en esta especialidad. Sin duda estos casos parecen cercanos a las capacidades de convencer a una audiencia, tan esenciales para cualquier líder político que se precie. ¿Deberían nuestros políticos empezar a buscar alternativas laborales?

Por fortuna para gobernantes y candidatos, los sofisticados sistemas actuales son poco más que simuladores de inteligencia. Salvando las distancias, no son muy diferentes de lo que hace un loro, o de lo que a principios del siglo XX hizo famoso a Clever Hans, el caballo alemán que sabía matemáticas. Sus detractores demostraron que el equino en realidad solo reaccionaba a las emociones de los observadores humanos, pero aun así la magia de un animal con capacidades humanas continuó trascendiendo las fronteras de su Alemania natal durante años.

Simular inteligencia y encandilar a otras inteligencias humanas es algo que hacen con naturalidad muchos de nuestros políticos humanos. Cabría preguntarse si en este campo las máquinas competirían bien o quedarían en desventaja ante los auténticos maestros en el arte de la seducción política. Lamentablemente para nuestra especie, las aplastantes y racionales conclusiones a las que seguramente llegaría una máquina con suficientes datos y capacidad de proceso resultan menos fascinantes que la adulación, las promesas fáciles y las pasiones exaltadas.

Más allá de la capacidad de vendernos una idea con habilidad, el ejercicio de la política conlleva la responsabilidad de gobernar. ¿Sería una máquina capaz de asumirla? ¿Lo haría con honestidad e interés por los problemas de la ciudadanía? Respecto a lo primero, aunque muchas de las decisiones que toman nuestros políticos podría superarlas una máquina (en algunos casos incluso una no demasiado sofisticada), la verdadera capacidad de liderazgo empático y espontáneo que exige la política es poco probable que pueda llegar a ser replicada por la electrónica.

Lo segundo ya es otro asunto. Los políticos humanos –incluso los que llegan inmaculados a su cargo– tienden a adquirir un sesgo que con el tiempo les lleva a convencerse de su propia infalibilidad. ¿Le pasaría lo mismo a una máquina? Igual que nuestros líderes biológicos, si las inteligencias robóticas se rodearan de asesores humanos para acceder a sus datos, podrían acabar concluyendo que todo va siempre bien. Si llegaran a intuir que no decir toda la verdad nos hará más dóciles y gobernables, ¿aprenderían a maquillar la realidad como hacen algunos gobernantes actuales con las pensiones, las fake news y otras ensoñaciones ideológicas tan apasionantes como incapaces de mejorar nuestras vidas?

No veo a una inteligencia artificial corrompiéndose a cambio de unos megavatios, pero quién sabe lo que pasaría si necesitaran su pequeño ejercito de visires y caudillos para intermediar con los humanos, o dependieran de estos para tener electrones y circuitos. Sea eléctrico o de los que funcionan por influencias, el enchufe puede ser un instrumento peligroso.

En unos días sabremos quién nos va a gobernar y empezará un nuevo curso político. Esperemos que sea para bien, hay problemas reales que resolver y retos por abordar. El mundo se ha convertido en un lugar demasiado cambiante y complejo para que lo entienda un robot. Quedarse sentados sin ejercer con responsabilidad no es una opción. Confiemos en que nuestros políticos humanos lo entiendan.

Pedro Nueno es Socio director de InterBen

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