Que el ruido electoral no quiebre el ánimo de los inversores

Nadie cuestiona España como destino de las inversiones, y parece que nadie la cuestionará tras las elecciones

Las elecciones generales en una de las grandes economías de la Unión Europea siempre han movilizado las expectativas de los inversores, y en los últimos años, tras la irrupción de populismos de todo signo, acostumbran a poner en alerta a los gestores que toman las grandes decisiones sobre las corrientes de dinero en el continente. Los comicios del 28 de abril en España para determinar la composición del nuevo Parlamento que sancione un nuevo Gobierno parecen hacer mucho ruido político, pero no distorsionar a los gestores de la inversión. De hecho, justo cuando arranca la campaña electoral de una consulta que fragmentará la representación parlamentaria hasta niveles nunca antes conocidos, la rentabilidad del bono a diez años desciende del 1% por vez primera en más de tres años, y la prima de riesgo se mantiene en calma en torno a los cien puntos básicos. Nadie cuestiona España como destino de las inversiones, y parece que nadie la cuestionará tras las elecciones.

Las instituciones internacionales acaban de confirmar la fe que tienen en que la economía española crecerá más que la europea durante los próximos años, y que las opciones de una recesión son muy pocas. Y los analistas añaden que las posibilidades de que la política quiebre la buena marcha de la economía son muy limitadas, confiados como están en que el Gobierno futuro se construirá en torno a opciones centristas, volcadas a un lado o volcadas a otro, y que el rigor fiscal será respetado. La relevancia real que se concede a Podemos para determinar Gobiernos es relativa, y la que se le otorga para determinar políticas, relativamente pequeña. En todo caso, no hay que despreciar tal posibilidad, pues ya en las útimas cuentas rechazadas por el Congreso, así como en decretos ulteriores sacados por el Gobierno con carácter de urgencia para cebar una gestión muy limitada en poco más de medio año, el sello de Podemos era muy evidente. Y tal cuño conlleva importantes incrementos del gasto público, notables subidas de impuestos, y una impronta explícitamente adversa a la economía de mercado.

Hasta ahora no se han producido efectos contractivos porque la velocidad de la actividad era elevada cuando se tomaron tales decisiones; pero cualquiera de las opciones de Gobierno es mejor que aquella en la que participe activamente Podemos. Y la que triunfe debe apostar por decisiones que eleven el crecimiento potencial de la economía y que, con carácter inclusivo, logre reducir todos los desequilibrios que arrastra España, los financieros y los sociales. Si se logra, el horizonte seguirá despejado para la inversión, seguramente más pendiente de lo que ocurra en frentes exteriores.

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