Los ultra-impuestos a los ultra-ricos de la izquierda de EE UU tienen sentido

Dos legisladoras demócratas proponen gravar las rentas más altas con un 70% o el patrimonio por encima de 50 millones con un 2%-3%

Alexandria Ocasio-Cortez, congresista demócrata estadounidense por Nueva York, en el Capitolio de Washington DC.
Alexandria Ocasio-Cortez, congresista demócrata estadounidense por Nueva York, en el Capitolio de Washington DC.

Ultra-impuestos para los ultra-ricos. Es una idea que podría ser contagiosa, a juzgar por la atención que se está prestando a dos propuestas de sendas políticas estadounidenses de izquierdas.

Pónganse impuestos a las rentas excesivas, dice Alexandria Ocasio-Cortez, recién elegida para la Cámara de Representantes por una parte de la ciudad de Nueva York. Ha dado pocos detalles, pero el número del titular es grande: una tasa del 70% sobre las ganancias gravables por encima de los 10 millones de dólares. Es un gran aumento sobre el 37% actual, que se aplica a partir de los 500.000 dólares por individuo.

O gravar su riqueza acumulada, como propone la senadora por Massachusetts Elizabeth Warren, a través de un pago anual del 2% del valor de los activos netos entre 50 millones y 1.000 millones y un 3% por encima de eso. Sus asesores económicos, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, de la Universidad de California en Berkeley, estiman que tendría que pagar el 0,1% de los hogares del país.

No es la típica reforma tributaria. El objetivo no es “desplumar al ganso para conseguir la mayor cantidad de plumas con el menor número posible de silbidos”, en palabras atribuidas a Jean-Baptiste Colbert, ministro de Finanzas del rey francés Luis XIV. Por contra, Ocasio-Cortez y Warren quieren escuchar muchos silbidos de los gansos más gordos, la parte más rica del pueblo estadounidense.

Solo los libertarios rechazan el principio básico de que los ricos deben pagar más impuestos que los pobres. Tiene sentido que las personas que reciben más ingresos de la sociedad paguen más para garantizar su prosperidad. Esta fiscalidad progresiva está en todos los sistemas de los países desarrollados.

Lo que es nuevo, o al menos revivido por estas políticas progresistas, es la fiscalidad muy progresiva para aquellos en la cima. Su argumento moral es sólido. La élite económica está recibiendo más de lo que recibía antes, mereciendo menos.

En el aspecto receptor, los portadores estadounidenses de privilegios económicos están llevándose una mayor proporción de las rentas y controlando una porción cada vez mayor de la riqueza creada por la sociedad. Los ingresos tributarios promedio para el 1% superior de los asalariados de EE UU crecieron un 242% entre 1979 y 2015, según la Oficina Presupuestaria del Congreso. Para el 60% mediano de la población, la ganancia fue de solo el 46%. En cuanto a la riqueza, Saez y Zucman calcularon que la parte en manos del 0,1% más rico de EE UU ha subido desde el 7% de 1978 al 20%.

La tendencia en las grandes empresas es especialmente clara. En 1989, la remuneración del CEO promedio de las 350 empresas más grandes de EE UU era 58 veces mayor que el salario medio de los empleados. En 2017, el salario promedio del jefe, de 18,9 millones de dólares, era 312 veces superior a la media, según el Economic Policy Institute. Con ese tipo de sueldos, no es de extrañar que el capital se acumule rápidamente.

En el lado de los merecimientos, las contribuciones individuales necesariamente se vuelven menos especiales a medida que la economía se vuelve más compleja e interdependiente. Por ejemplo, los jefes dependen cada vez más del conocimiento y la cultura compartidos, de los expertos externos y de los sistemas de producción establecidos. Las grandes diferencias salariales no tienen sentido cuando la productividad de todos se deriva de la utilización de la misma infraestructura económica integrada.

La creciente desconexión entre salario y contribución parece un error que un sistema fiscal más progresivo puede ayudar a corregir. Y si el argumento de la justicia no convence, también hay un motivo político para la justicia fiscal hacia los ricos. Los impuestos son como un contrato que mantiene a los contribuyentes conectados con toda la nación. Unos impuestos demasiado bajos para la élite rica pueden romper este contrato social.

Casi se podía oír cómo se desmadejaba ese contrato en la conferencia de Davos, hace unos días. Cuando se le preguntó al empresario informático Michael Dell por una tasa impositiva marginal del 70%, respondió que no confía en que el Gobierno gaste su dinero de manera efectiva. La instintiva renuencia a ceder control es casi antisocial.

Dell también dijo que le preocupaba que la subida fiscal desincentivara el crecimiento. Nadie lo sabe realmente, pero el sentido común sugiere que es una tontería. Es poco probable que los genios de la tecnología y los negocios se relajen por pensar que sus antiguos ingresos después de impuestos de 11 millones caerán a 10,6 millones. Además, vale la pena perder algo de PIB por una mayor justicia económica y social.

Por sí solas, las propuesta no tendrán un efecto enorme: solo reducirían modestamente la desi­gualdad de ingresos y el ritmo de aumento de la desigualdad de la riqueza. Pero estos cambios no pueden darse solos. Tras cuatro décadas de impuestos decrecientes, un cambio de dirección requiere un giro importante en el estado de ánimo de la política nacional. ¿Podría suceder? Cuando se le preguntó a Dell por el 70%, la audiencia de Davos se rió. Tal vez la idea simplemente les pareció absurda. Pero puede que hubiera un temor nervioso a que las demandas de impuestos más altos sobre los ricos sean la próxima manifestación del descontento político generalizado en los países desarrollados.

Si es así, es posible que a los muy ricos no les convenga dedicar gran parte de sus amplios recursos a oponerse a este cambio. La alternativa más probable a un contrato social más fuerte es una mayor discordia social, incluso la violencia. Es mejor pagar un poco más ahora que enfrentarse a una revolución sangrienta después.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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