Una hoja de ruta para un apagón nuclear realista y consensuado

El acuerdo entre el Gobierno y las eléctricas se apoya en criterios objetivos y ajustados a la capacidad del sistema

El principio de acuerdo al que ha llegado el Gobierno con las tres grandes eléctricas, Iberdrola, Endesa y Naturgy, para articular el cierre ordenado del parque nuclear español supone un corte limpio y ajustado a un nudo que parecía muy difícil de desatar. La reunión de alto nivel convocada por la ministra Teresa Ribera a principios de esta semana se ha saldado con un pacto entre el Ejecutivo y las compañías para que las centrales nuclares echen el cerrojo entre 2025 y 2035. Esa horquilla supone que todas ellas seguirán funcionando más de 40 años, pero menos de 50, un punto medio entre las cuatro décadas que reclamaban Iberdrola y Naturgy, por un lado, y el medio siglo que defendía Endesa. Según este calendario, ninguna central española seguirá funcionando después de 2035, fecha tope prevista para el apagón nuclear.

El acuerdo propiciado por Ribera, que convocó a los tres máximos ejecutivos de las eléctricas, constituye una buena noticia por varias razones. En primer lugar, porque desbloquea una situación de parálisis y desencuentro entre las compañías en este ámbito, cuyos intereses contrapuestos parecía complicado reconciliar, y lo hace con una solución pactada y no impuesta por la fuerza. Se trata además de un acuerdo realista, en el que todas las partes ganan y ceden algo, y que se apoya en criterios objetivos y ajustados a la capacidad técnica y económica del sistema. A todo ello hay que sumar la solidez con la que presuntamente nace el pacto, que no deja solo en manos del Gobierno la hoja de ruta del cierre y cuenta con el respaldo de las compañías involucradas, lo que refuerza su vocación de permanencia de cara al futuro y ante posibles cambios de política energética. También supone un balón de oxígeno para las propias eléctricas, que contarán con un horizonte concreto de cierre de las plantas, lo que les permitira planificar con menos incertidumbre todos los extremos relacionados con la clausura.

Una de las claves del acuerdo es que tiene en cuenta la capacidad del sistema y la compatibilidad con los objetivos de descarbonización para evitar caer en errores como el de Alemania -cuyo apagón nuclear ha obligado a aumentar las energías fósiles y ha incrementado sus residuos-, pero también para eludir un encarecimiento abrupto de la electricidad. Pese a todo, aún quedan flecos sueltos por resolver, como la necesidad de crear un ATC (almacén temporal centralizado) que complete esta estrategia de cierre, es decir, un gran cementerio nuclear que se haga cargo de los residuos que provoque la clausura de las centrales y de una custodia cuyo horizonte temporal es de siglos.

 

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