Italia y la UE: la estrategia del choque de trenes

Es necesario ser realista: en la tercera economía del euro el discurso europeísta ya es minoritario

Luigi Di Maio, vicepresidente del Consejo de Ministros de Italia.
Luigi Di Maio, vicepresidente del Consejo de Ministros de Italia. REUTERS

Los sondeos de los institutos demoscópicos más relevantes son unánimes en asignar a la Lega de Matteo Salvini y al Movimiento 5 Estrellas de Luigi Di Maio entre el 58% y el 63% de las intenciones de voto. Se trata de un nivel de consenso que no tiene precedentes en la historia democrática de Italia. Es necesario tomar en cuenta este dato para poder hablar del actual choque de trenes entre el Gobierno italiano y la Comisión Europea.

El Gobierno Lega/5 Estrellas presidido por el independiente Giuseppe Conte ha presentado una ley de presupuestos basada en una contundente subida del gasto público de hasta 37.000 millones de euros. Con una previsión de crecimiento estimada por el Gobierno de un 1,5% para 2019 y de un 1,6% en 2020, significará una subida en la relación déficit/PIB hasta el 2,4% para los próximos tres años.

Entre las medidas más llamativas se encuentran la renta de ciudadanía –un subsidio universal contra el desempleo–, la reducción de la edad de jubilación, una bajada de impuestos para autónomos y varios proyectos de inversión en obras públicas. Todo esto pagado a través de una ingente subida del gasto público (haciendo déficit) y de una poco clara propuesta de reducción de gasto en otros sectores, en la que destaca una reducción de 1,7 billones de euros para políticas migratorias.

Según la Comisión Europea, se trata de una maniobra no sostenible. La difícil situación de la deuda pública italiana (cercana al 131% del PIB en 2017) hace que una maniobra económica en déficit exponga a Italia a una posible crisis de confianza de los inversores, encareciendo los sobreprecios para financiarse en los mercados y levantando dudas sobre su posibilidad de hacer frente a los pagos.

El Gobierno argumenta que solo a través de una inversión pública considerable será posible restablecer una adecuada senda de crecimiento y hacer frente a los problemas sociales de las franjas más afectadas por la última década de crisis. Más allá de quién tenga la razón desde el punto de vista económico, el dato fundamental es el amplio consenso interno hacia estas políticas.
Esto es lo que permite a los miembros del Gobierno mantener una postura tan conflictiva con la Comisión Europea. El Gobierno está utilizando la estrategia del choque con la Unión Europea sobre todo para aumentar su propio consenso interno. Y la noticia verdaderamente relevante es que esta estrategia está funcionando, más allá de las expectativas.

Cualquier elector o dirigente del Partido Democrático (el centroizquierda), de la izquierda tradicional, y del centroderecha de Forza Italia se enfrenta a la tarea cada vez más difícil de desarrollar un discurso contrahegemónico a favor del respeto de las reglas fiscales previstas en los tratados europeos.

La izquierda tradicional se encuentra casi completamente desplazada, frente a una ley de presupuestos que aumenta el gasto público de manera considerable. El centroizquierda y el centroderecha (o lo que queda de ellos) utilizan argumentos que la opinión pública percibe como cada vez más repetitivos y vacíos. El europeísmo, peligrosamente, se percibe incapaz de hacer frente a las necesidades de la gente, lejano y poco representativo.

El resultado es que en la tercera economía de la zona euro el discurso político europeísta es minoritario. Cómo esto haya podido ocurrir será objeto de amplio debate entre historiadores, politólogos y economistas. Mucho tiene que ver con la combinación entre las percepciones de la ciudadanía sobre la situación económica y los procesos migratorios. Una combinación muy peligrosa para las fuerzas moderadas y europeístas porque dificulta exponencialmente la posibilidad de aglutinar las demandas proeuropeas en un movimiento organizado alrededor de ideas y estructuras políticas.

La unión entre las demandas soberanistas en materia de control de las fronteras y las demandas en materia económica ha creado las condiciones para un momento populista, del cual participan perfiles de electores que normalmente estarían separados por razones ideológicas, y que desplaza la capacidad de producir opinión tanto de la izquierda tradicional como del centroizquierda progresista y del centroderecha liberal. Lo que queda es una especie de confuso Italia First que no promete nada bueno en el futuro de las relaciones entre Estados europeos.

Es difícil imaginar que Lega y Movimiento rebajen su retórica nacionalista. Sus propuestas, en buena medida demagógicas, tienen apoyo popular. Si el europeísmo italiano quiere recuperar terreno debería dedicarse a la urgente reconstrucción de un discurso que pueda ilusionar al electorado. En Italia, de momento, escasean perfiles políticos que puedan asumir esta tarea. Por esto, es poco probable que a corto plazo pueda aplacarse el conflicto entre Italia y Comisión Europea, sobre todo en un año de elecciones europeas en las que el frente soberanista tiene la ambición de modificar los equilibrios políticos en el Parlamento Europeo.

Andrea Betti es Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas

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