Europa acierta al defender la legalidad y la equidad frente al populismo italiano

La reacción de Roma no ha sido una sorpresa, pero sí un signo de irresponsabilidad política

Con una tozudez desafiante que remite más a un exceso adolescente que al comportamiento propio de un país de la UE, el Gobierno italiano se ha enzarzado en un pulso con Bruselas que tendrá serias consecuencias, ninguna de ellas buena. Tras presentar unos presupuestos indigeribles desde el punto de vista de la disciplina fiscal impuesta por el Pacto de Estabilidad, Italia ha forzado a la Comisión Europea a rechazar, en un gesto sin precedentes, el plan presupuestario del país y a exigir que el Gobierno italiano presente uno nuevo. La respuesta de Roma ha sido una negativa a modificar el documento, rematada por el gesto, tan teatral como grosero, de un europarlamentario de la Liga de pisar en Estrasburgo los papeles del comisario europeo Pierre Moscovici.

 La decisión de Bruselas, inusual por su firmeza en el plácido escenario de la política europea, constituye un gesto de gobernanza acertado y necesario. Por un lado, por la urgencia de defender el principio de legalidad en Europa, que obliga al cumplimiento del acervo comunitario no solo a los ciudadanos, sino también a los poderes públicos y a los Estados; y por otro, por motivos de equidad, puesto que Italia debe cumplir sus compromisos de disciplina fiscal como el resto de los Estados miembros.

La reacción de Roma no ha sido una sorpresa, una vez que ya había anunciado su intención de elevar el déficit hasta el 2,4%, pero sí un signo de irresponsabilidad política que solo se entiende desde el populismo, y ante un calendario que incluye comicios europeos el año que viene. No es tampoco un movimiento inteligente desde un punto de vista pragmático, ni constituye en modo alguno una defensa de los intereses del país. El coste de financiación que está suponiendo para Italia este desafío, con una prima de riesgo que ayer alcanzó los 320 puntos, neutralizará el margen que su Gobierno pretende arrancar con modos de enfant terrible de Bruselas.

 

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