Jorge Gallardo: la farmacia queda en familia

Preside Almirall, que aspira a asentarse en EE UU tras comprar cartera de Allergan

Jorge Gallardo, presidente de Almirall.
Jorge Gallardo, presidente de Almirall.

A pesar de las cifras en las que se maneja, Almirall continúa siendo una empresa familiar. La farmacéutica ultimó la pasada semana la compra de cinco productos dermatológicos de la estadounidense Allergan en una operación valorada en 473 millones de euros. Jorge Gallardo (Barcelona, 1941) dirige, junto a su hermano, la compañía que ambos heredaron de su padre. Él es el presidente y Antonio se ocupa de la gestión del patrimonio familiar.

La compra de productos estadounidenses es un intento de volver a penetrar en uno de los pocos mercados en los que Almirall no ha conseguido asentarse. “A pesar de las bofetadas, EE UU sigue siendo muy importante para nosotros y no podemos dejarlo de lado”, reconoció Gallardo tras confirmarse la operación.

Con el refuerzo de Almirall a través de adquisiciones como principal baluarte, Gallardo siempre ha tenido en cuenta otro pilar: la familia. Los Gallardo son una de las tres más ricas de Cataluña y ocupan la vigésima posición en el ranking nacional con un patrimonio superior a 1.700 millones de euros. Además, llevan preparando su relevo en el grupo durante los últimos años y la tercera generación, su hijo Carlos y su sobrino Antonio, ocupan una silla en el consejo de administración.
Gallardo empezó en la compañía en 1965.

Cinco años más tarde, participó activamente en la creación de la planta química de materias primas de San Celoni, en Barcelona, y durante la década de los 70 impulsó la construcción de nuevas plantas en Cataluña. Eran los primeros síntomas de la ambición que determina a los Gallardo. Durante los 80, una sucesión de adquisiciones de farmacéuticas españolas reforzaron la posición de la entidad, hasta que en 1984 lanzaron el que es considerado su producto estrella: Almax, el antiácido más consumido en España desde entonces.

Tras haberse hecho con el mercado español, Gallardo puso sus miras en el extranjero. La estrategia era clara: comprar empresas afianzadas a golpe de un talonario que comenzaba a hacerse cada vez más voluminoso para luego convertirlas en parte de Almirall. Una idea que pusieron en práctica principalmente en Europa. De las 13 filiales extranjeras con las que cuenta el grupo, solo una, la estadounidense Aqua, no pertenece al mercado europeo. El resto se reparten entre las principales potencias del bloque comunitario.

Aunque la discreción es una de las cualidades que caracteriza a Gallardo, el empresario se mojó y mostró de forma muy clara su posición en contra del independentismo catalán. “Nadie me puede dar lecciones de catalanidad. Estos 73 años, Almirall ha sido una compañía catalana. Hemos creado empleo de calidad y hemos pagado todos los impuestos en Cataluña: ni en Andorra, ni en ninguna parte”, llegó a decir en 2015 tras recibir acusaciones de evasión fiscal. También trascendió un vídeo publicado en la intranet de la compañía en el que mostraba su “preocupación” por las posibles consecuencias de la independencia, en el que el presidente de la farmaceútica recomendó a sus empleados no votar a los partidos independentistas catalanes.

Desde entonces, Gallardo se enfrenta a uno de los momentos más difíciles de gestionar en la historia de la compañía. Sin embargo, ante cada caída, Gallardo ha sabido demostrar determinación para encontrar una solución tomando una serie de decisiones difíciles. En 2016 pactó un ERE con 102 trabajadores de Almirall. Ese año, los beneficios cayeron un 42% hasta 75 millones de euros. 

Para revertir la situación, Gallardo nombró un consejero delegado en sustitución de Eduardo Sanchiz, uno de sus socios históricos. El elegido fue el belga Peter Guenter –externo a la familia y al grupo– con el objetivo de tener visión más amplia de la compañía, tal y como reconocen fuentes del sector. 2017 trajo un nuevo revés. La farmacéutica cerró el ejercicio con pérdidas por valor de 304 millones de euros debido en parte a un descenso del 12% en sus ventas. La decisión entonces fue la de repartir 33 millones de euros en dividendos a un precio de 0,19 euros la acción, aplacando así la inquietud de los accionistas ante los malos resultados.

La compra de los productos dermatológicos de Allergan es la última de las decisiones de Gallardo. En contra de lo que podría dictar su experiencia en el mercado estadounidense, el empresario catalán apostó por una operación cercana a 500 millones. La respuesta bursátil fue inmejorable: las acciones de Almirall subieron un 12% gracias en parte a la recomendación del prestamista Creditt Suisse, que elevó su precio objetivo de los títulos de 10 a 18 euros, lo que supone aún así un 20% de su actual cotización, 15,86 euros.

La ambición y el pulso que ha demostrado Gallardo en sus más de 50 años en la compañía es la mejor herencia que puede dejar a sus hijos, presumiblemente su futuro relevo para continuar con la tradición. La idea sigue siendo la misma, tal y como reconoció en una entrevista en CincoDías en 2015: “Que nos dejen crecer”.

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