Pedro Sánchez: Presentes que vienen lastrados

Será en los primeros meses un presidente de guiños, de gestos; pero estos tienen poco recorrido en política

Pedro Sánchez, el viernes en el Congreso.
Pedro Sánchez, el viernes en el Congreso.

¡Muerto el Rey, viva el Rey! Así es también la política. Amnésica con la derrota, aparentemente eufórica con la victoria. Aunque algunas, quizás, puedan ser pírricas. Solo el tiempo, implacable en su veredicto, arrojará la sentencia definitiva. Mientras, España en el camino, para lo bueno y lo malo. Del árbol caído no hagamos más leña. Casi todo ha sido y ha quedado dicho de Mariano Rajoy. Desde el tancredismo a cierta indolencia, pero los epitafios, benevolentes o no, ya llegarán. Veremos qué hace, si bien todo apunta a que dejará al partido a su propia suerte. En el fondo, cuantas menos tutelas, mejor.

Es el momento de Sánchez, el séptimo presidente de nuestra democracia. Legítimo, sí, porque es el juego democrático y constitucional. No nos equivoquemos. No juguemos con al palabrería vana y estéril. Nunca mejor aquel viejo adagio latino del veni, vidi, vinci. A buena fe que Sánchez ha pasado por muchos Rubicones, especialmente entre sus compañeros de filas, más bien ejecutivas y baronías. Pero él ya es, será, presidente de un Gobierno, el resto no. Resurge y renace de unas cenizas que otros quisieron aventar. Tenaz, obstinado, decidido, con el suficiente desdén y arrojo para echarse el mundo por montera y romper inercias, sabe que su apoyo ha estado en las bases, en la militancia. Eso le ha servido, sobre todo desde el 2 de octubre de 2016, aquel domingo de traiciones y cuchillos bajos, para saber dónde está su fuerza y su gente, su perseverancia y su umbral de resistencia más allá de la fundición del hierro. Pero ahora todos, de momento, hincan su rodilla y altivez ante el nuevo pretor. Las heridas acaban cicatrizando. O no, qui lo sà?

Los próximos días será escrutado con lupa. No le dejarán ni respirar, ni un atisbo o amago de duda. Ni quienes le han aupado, ni quienes están en la oposición. Esperemos que emerja el verdadero rostro. Con todas las consecuencias que ello depara, por el bien de España y de una sociedad que en las elecciones de 2015 y 2016 ha devuelto el espejo roto que los políticos y los partidos entregaron.

Necesitará cintura, equilibrio constante pero mucho malabarismo que no filibusterismo. Precisará empatía y pedagogía. Solo los sordos y mal asesorados tiran por los acantilados la explicación pedagógica. Así les ha ido. Sánchez debe explicar muy bien lo que hace, y por qué y cómo lo hará. Debe tener unos límites claros para no ser rehén del oportunismo y del fiel de la balanza de Podemos –que no pasa por su mejor momento- y el nacionalismo más impenitente y aguerrido. Sabe que aún tiene un Senado en contra mayoritariamente y que él, en realidad solo es un presidente -nada menos- con 84 diputados sin ni siquiera serlo él mismo. Cada ley será un mundo si llega a aprobarse, y esperemos que no caiga en aquello que tanto censuró, el abuso desmedido del Decreto Ley.

Algunos todavía se preguntan ¿cómo ha sido posible? Pero ya poco importa. Es. Esa es la realidad. Por contumaz y pertinaz que sea, solo es realidad misma. Es una incógnita ahora mismo saber qué Gobierno formará, si monocolor o con adherencia de quienes le apoyaron, y se juntaron para echar y desalojar al anterior presidente y su partido. Si abrirá el gabinete a profesionales independientes. Pero sin duda la mayor certeza de las probabilidades, no pleonásticas, es que no está dispuesto, de momento a convocar nada. No le interesan elecciones a nadie salvo a un Ciudadanos que se ha descolocado aún más que los populares. Y que sabe que ahora el señor Rivera es el centro del fuego cruzado de todos, acabada la adolescencia política. Hora es de retratarse.

Sánchez será en los primeros meses un presidente de guiños, de gestos. Pero estos tienen poco recorrido en política. Y sí consecuencias. Sabe que el camino está lleno de minas. Que quienes hoy le piden formar Gobierno de coalición, en 2016 boicotearon su investidura. Que el nacionalismo va a cobrar peajes y muy caros después de habérselos sacado ya a todos. Que las encuestas de momento no remontan. Y que a nadie le importa de verdad hablar de reformas laborales, económicas, pensiones, déficit y los nuevos recortes que ya vienen de Bruselas, así como levantar un maquillado 155.

Incertidumbre e inestabilidad parcial en el carrusel político. Eso es lo que ahora mismo aflora.

Abel Veiga Copo es profesor de Derecho Mercantil de la Universidad de Comillas

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