La crisis política italiana evidencia unas grietas que Europa sigue sin restaurar

La eurozona ha sobrevivido a las turbulencias de Grecia y Reino Unido, pero ni Atenas ni Londres son Italia

Los mercados acusaron ayer con violencia la grave crisis política abierta en Italia, tras la decisión del presidente del país, Sergio Mattarella, de encargar la formación de Gobierno al exdirectivo del FMI, Carlo Cotarelli. Una resolución adoptada después de que Matarella rechazase el pasado domingo a Paolo Sovona, el candidato euroescéptico a ministro de Economía propuesto por el Movimiento 5 Estrellas y la Liga. El terremoto italiano, al que se suma el convulso momento político de España, hizo retroceder los mercados hasta niveles de 2012 con virulentos desplomes que no se habían visto desde los peores momentos de la crisis de deuda soberana.

El pánico de los mercados no es una sobrerreacción frente a una decisión política concreta, sino una respuesta ajustada al incierto horizonte que se abre ahora en Italia y a la posibilidad, nada remota, de que el país se encamine a unos comicios que supongan una consulta sobre la permanencia en la zona euro. Es cierto que Europa se ha curtido ya en en órdagos desintegradores, con crisis, populismos y rescates que casi lograron resquebrajar la moneda única.

La eurozona ha sobrevivido a las turbulencias de Grecia, pero Grecia no es Italia. Roma tiene un peso específico mucho mayor que Atenas y el potencial destructivo de su salida produciría un daño mucho más grave también. Europa ha sobrevivido a Reino Unido, pero tampoco Londres es Roma, dadas las grandes diferencias de compromiso e integración entre uno y otro país con la moneda única. Hay que tener en cuenta además el efecto contagio de un Italexit, especialmente en una Unión Europa inmersa en la búsqueda de una cohesión mayor y de una gobernanza más sólida que le permitan mantener un papel de liderazgo en el complejo mapa geopolítico actual.

Más allá de las dificultades obvias de una Italia en soledad y huérfana del euro, la ola de populismo y euroescepticismo que avanza en Europa es un hecho evidente ante el que pueden adoptarse dos posturas. Una pasa por minimizar su importancia y tratar de acallar el clamor al que da voz; la otra es preguntarse seriamente por sus motivos y tratar de dar respuesta al descontento real que oxigena estos movimientos.

Europa ha optado mayoritariamente hasta ahora por la primera de ellas y a la vista está que la estrategia no ha funcionado. Tal vez la crisis italiana deba analizarse no solo desde la óptica de un país lastrado por sus propios errores políticos y económicos, sino también desde una Europa que debe afrontar cuanto antes la necesaria tarea de cohesionar, reconstruir y volver a ilusionar a todos sus ciudadanos.

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