Un comercio minorista en sana competencia y con variedad de oferta

Las tiendas tradicionales son un factor de diferenciación, pero deben reinventar su modelo para sobrevivir

La recuperación del consumo en España, tras los largos y duros años de la crisis, se está haciendo sentir de forma especialmente clara en el comercio minorista. La cifra de negocio del sector creció un 2,4% en el primer trimestre de este año en comparación con el mismo periodo del año anterior, mientras que el empleo lo hizo en un 1%. No se trata de datos aislados, sino de una tendencia que se consolida, puesto que ambas variables han registrado tasas positivas desde 2014.

El fin de la crisis para este sector no solo se ha traducido en una vuelta del consumidor a las compras, sino también en un cambio en los usos y costumbres de los clientes. Del análisis de las últimas cifras de actividad pueden sacarse dos conclusiones; la primera, que son las grandes superficies el modelo que está capitalizando la mayor parte del crecimiento, seguidas de las pequeñas cadenas, y la segunda, que el comercio especialista tradicional está perdiendo la carrera por aprovechar la recuperación. Un retroceso que algunos expertos del sector consideran irreversible, tras comparar el elevado peso que el pequeño comercio tiene en España –un 25% en áreas como alimentación, droguería o belleza– frente el que existe en el resto de los países europeos (un 9% en Portugal, por ejemplo).

Es cierto que ese proceso cuenta con un nuevo factor de aceleración: la ofensiva de las grandes cadenas comerciales para abrir sus establecimientos en el centro de las ciudades y adaptarse así a un modelo de compras que encaja mejor con la cultura europea en general que el de las grandes superficies en el extrarradio de las ciudades, de origen anglosajón. Pero también lo es que el comercio tradicional constituye un factor de enriquecimiento comercial y cultural, así como un signo de diferenciación propio de España especialmente atractivo en el marco de la industria turística.

La intensa competencia de las grandes cadenas es el resultado natural de una economía abierta, pero también puede y debe ser un acicate para que el pequeño comercio reivente su oferta y su modelo en un mercado con una demanda cada vez más amplia, variada y exigente.

 

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