Los papeles del Pentágono
Tom Hanks y Meryl Streep, en una escena de 'Los papeles del Pentágono'

¿Cómo sería un Watergate en 2018? La misión de la prensa

Los medios de calidad tenemos motivos para sentirnos más vulnerables, pero somos tan imprescindibles como en los años setenta. O más

Una pregunta perturbadora: el caso Watergate, ¿supondría hoy la dimisión del presidente de Estados Unidos? Richard Nixon tuvo que renunciar en 1974 porque la prensa destapó su implicación en el espionaje a la oposición demócrata, corroborada después por una investigación parlamentaria. Fue un símbolo para la historia de la influencia de la prensa de calidad en las democracias modernas. La opinión pública dio más crédito a The Washington Post que a las torpes excusas del presidente. Antes que eso, ese diario y The New York Times habían puesto en aprietos a la Casa Blanca con documentos sobre la guerra de Vietnam, historia que recrea con emoción Steven Spielberg en Los papeles del Pentágono. La editora del Post tuvo la valentía, en plena salida a Bolsa de la compañía, de resistir las presiones, respaldar a su director y servir a la verdad, es decir, al lector. No solo fue decisiva la prensa: en aquellos años la televisión comercial seguía una línea informativa equilibrada, apta para todos los públicos. Lo que contaban los medios gozaba de la confianza general. Por eso cayó Nixon.

En 2018, revolución digital mediante, asistimos a la fragmentación de las audiencias. Esto significa que buena parte del público vive cómodamente en sus burbujas ideológicas. Si hoy saltara un Watergate, los espectadores de Fox News, por ejemplo, no se enterarían o recibirían una versión adulterada. Trump descalificaría el diario en sus tuits mañaneros mientras una legión de trols y bots lincharían en las redes al mensajero en vez de al gobernante. No expongo un caso hipotético: ha pasado exactamente así con todas las revelaciones que han afectado a Trump, de la trama rusa a los escándalos sexuales. Los hechos pueden ser alternativos, dice el manual de la posverdad. Pues no: esa es la madre de todas las mentiras. Un viejo dicho del oficio periodístico reza que las opiniones son libres, pero los hechos son sagrados.

No hace falta mirar a EE UU para entender esto. Los medios tradicionales ya no tienen la exclusiva de la comunicación pública, y sus contenidos se enredan en esa madeja de mensajes de sectarismo e intoxicación que nos aturde. Pero nada de lamentos, que hay otra forma de mirarlo: precisamente porque hay tanta basura haciéndose pasar por información, las cabeceras de prestigio tienen hoy un papel insustituible. La audiencia tiene más criterio del que a veces se sugiere. Quizá se vea hoy más tentada de consumir sobre todo lo que da la razón a sus prejuicios. Aun así la credibilidad es un valor sólido. Las mismas marcas que dominaban los quioscos lideran la información en el ciberespacio. En EE UU, en Europa y en España. Los diarios tienen más lectores en formatos digitales de los que nunca tuvieron sus ediciones impresas. Su influencia sigue intacta (no así su modelo de negocio). Ha resistido todos los ataques.

La democracia antigua, la de los griegos, solo era posible en las polis, nunca en territorios extensos. Solo a partir de la generalización de la imprenta pudo implicarse a la ciudadanía en la política. Sin compartir información fiable no es concebible el debate público necesario para la democracia moderna. Tampoco lo sería la economía de mercado: cuando no hay transparencia, unos cuantos enterados hacen negocio a costa de los incautos.

Precisamente porque hay tanta basura haciéndose pasar por información, las cabeceras de prestigio tienen hoy un papel insustituible

En 1978, con cuatro décadas de retraso, España llamaba a las puertas del club de las democracias europeas. Tras la muerte de Franco se sentía la imperiosa necesidad de periódicos libres y rigurosos. Era urgente desmontar la dictadura, pero también modernizar la economía. Nació entonces Cinco Días, mirándose en los referentes de los países más avanzados. Hoy es el decano de la prensa financiera en España.

En estos 40 años hemos sido testigos y, en nuestra medida, también actores de una transformación asombrosa. Cuando nacimos, la economía española era tan frágil como la democracia recuperada, por las sacudidas de la crisis del petróleo. Hemos pasado por la reconversión industrial, por devaluaciones de la peseta, por la incorporación de España a Europa, por una formidable expansión, por la caída del Muro de Berlín, por el nacimiento del euro, por el 11S. Hemos vivido la apertura de nuestras empresas y de nuestro talento al mundo. Vimos tormentas monetarias y bursátiles, burbujas inflarse y reventar, de las que intentamos sacar lecciones. Avanzado el nuevo siglo, nos sorprendió una recesión peor que la anterior, de la que estamos saliendo con los pies en el suelo. Y hemos estado en primera fila de una revolución inacabada: la digital. En realidad, varias revoluciones en una: los ordenadores, internet, el móvil convertido en tótem de nuestro tiempo, la inteligencia artificial. La digitalización ya ha cambiado nuestras vidas, y más que lo hará; en especial ha modificado el modo en que consumimos información.

Vuelvo al principio: ¿somos los medios de referencia más fuertes o más débiles que en la década de los setenta, cuando se destapó el Watergate, cuando nació este diario? Tenemos motivos para sentirnos más vulnerables, al menos en lo económico. Pero somos tan imprescindibles como entonces, incluso más.

En la red convivimos con muchas otras propuestas de información, algunas dedicadas a prácticas oscuras. Este diario continúa sirviendo con rigor y honestidad a inversores, empresas, profesionales y consumidores. Nuestros seguidores saben distinguir cuándo pueden creerse una noticia y cuándo otros les confunden con rumores o falsedades. Si van a tomar decisiones que comprometen su dinero o su carrera, requieren certezas que solo una prensa de calidad puede ofrecerle. La que dispone de capacidad de investigar y profundizar, procedimientos estrictos de comprobación, filtros para detectar y rectificar errores. Esos principios no dependen del papel o de la pantalla. Los formatos digitales tendrán cada vez más peso porque usted, lector, nos demanda respuestas en tiempo real, a cualquier hora, en cualquier dispositivo. De periódicos impresos pasamos a plataformas multimedia. Daremos nuevos pasos adelante en este camino, y lo haremos de la mano de El País, con quien estamos construyendo la oferta líder de información económica en español.

Nuestra misión no ha cambiado desde 1978. Nos comprometemos con la verdad ante todo, y con los valores de la democracia y el progreso. Cumplir hoy esa misión exige disposición al cambio. Es decir, cambiar al ritmo que cambia nuestro mundo. Como usted.

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