La propuesta rebaja fiscal que colma el vaso del trumpismo

El presidente yerra al creer que recortar impuestos a los más ricos beneficiará a los pobres

Los firmantes de la carta de rechazo temen que estalle el sistema que tan bien se ha portado con ellos

Donald Trump, mostrando formularios de impuestos, el pasado día 2 en la Casa Blanca.
Donald Trump, mostrando formularios de impuestos, el pasado día 2 en la Casa Blanca.

La carta de 400 millonarios de Estados Unidos al Congreso recomendando el rechazo a la medida del presidente Donald Trump de recortar drásticamente la carga fiscal de los más ricos es la gota que ya está colmando el vaso de la paciencia generalizada. Cada día que pasa, los sufridos ciudadanos de la todavía mayor potencia de la galaxia perciben estupefactos cómo desde la Casa Blanca se transpira un clima trufado de mentira, arrogancia, y arbitrariedad. Pero lo que sería reflejo de una política más propia de dictaduras de baja calidad, es en realidad una muestra de una profunda ignorancia de la economía.

Creer que la rebaja drástica de los impuestos a los más pudientes beneficiaría a las capas sociales más inferiores no se sostiene mediante ninguna teoría del crecimiento, además de constituir una clara figura delictiva de injusticia social.

Recuerda como una gota de agua a la fallida política de Ronald Reagan que se conoció como economía en cascada descendente. Según esa lógica, el enriquecimiento de las capas superiores beneficiaría a los más desposeídos, según una curiosa ley de la gravedad financiera.
Nada tiene de extrañar esta idea peculiar de Trump, ya que desde su nombramiento ha cosechado una antología de fracasos legislativos (inmigración, construcción del muro, plan de salud), mientras ha mostrado una peculiar cualidad como administrador al rodearse de una serie de militares jubilados para los puestos de seguridad nacional.

Pero es en el resto de la Administración donde ha demostrado una obsesión diabólica en el nombramiento de ejecutivos o dueños de grandes empresas y los ha catapultado a la cima del poder político. La dimisión de una docena larga de estos neófitos en el arte de gobernar quedará en los anales de la República para el exhaustivo análisis histórico. Nunca antes en el devenir de este admirable país tan pocos han hecho tanto daño en tan poco tiempo, para parafrasear a Winston Churchill.

Los 400 firmantes de la carta de rechazo a la propina de Trump, liderados nada menos que por George Soros, temen pasar a la historia no solamente como los sepultureros enmudecidos de un capítulo concreto de la historia del país, sino también como coautores de un suicidio económico-político.
No quieren ser identificados como los que se han cobijado bajo el manto del poder, como en su momento tuvo que hacerlo Charles Wilson, jefe ejecutivo de la General Motors, al ser propuesto por el presidente Dwight Eisenhower como secretario de Defensa.

En la audiencia senatorial a la que consuetudinariamente deben someterse los nombramientos del gabinete presidencial, se le preguntó a Wilson si no se enfrentaría a un conflicto de intereses al tener que tomar decisiones contrarias a los intereses de su anterior empresa. Contestó imperturbable que no veía contradicción alguna, ya que lo que “es bueno para General Motors es bueno para América [Estados Unidos]”.

Dicen los estudiosos rigurosos que en realidad su afirmación fue al revés: en lugar de la lapidaria admiración por el capitalismo, aludió a que lo que era bueno para Estados Unidos debía de ser bueno para la economía privada. En la legión de los nombramientos de dueños y altos cargos de empresas para el gabinete de Trump, parece ser que la respuesta sería que “lo que es bueno para General Motors es bueno para… General Motors”. Punto.

Obsérvese que las voces que aparentemente están aquejadas de complejo de culpa son al mismo tiempo practicantes de un deporte importantísimo para el sistema socioeconómico de Estados Unidos. No es de extrañar que numerosos firmantes tengan un récord impresionante de altruismo y compitan entre ellos en los listados del campeonato de la filantropía. Unas leyes imaginativas han permitido el éxito de lo que en otras latitudes es insignificativo, limitado o casi clandestino, ya que numerosos sistemas fiscales de América Latina y Europa no favorecen las ventajas de las donaciones, dejándolas a merced de la simple caridad.

En Estados Unidos, esta práctica tiene suculentas ventajas, además de regalar al donante una aureola de civismo y honorabilidad difícil de conseguir de otra forma. El sistema no solamente está reservado a los más pudientes, sino que también está abierto a los ciudadanos de a pie, quienes por unos procedimientos simples y llanas declaraciones pueden beneficiarse de desgravaciones.

Algunos de los que nos dedicamos a la enseñanza lo comprobamos a diario, sobre todo en los centros privados que dependen de la satisfacción de las tasas de matrícula y las donaciones. Los aplausos para este sistema son permanentes, pero esconden una desigualdad entre los sectores que no se pueden permitir esta largueza, y los que disfrutan de sólido acomodo.

De forma indirecta, pero muy precisa, los filántropos deciden arbitrariamente qué sectores de la sociedad reciben los fondos que de otra manera deberían ser canalizados por las arcas públicas. Los firmantes de la carta de rechazo a la generosidad de Trump creen que la libertad de distribución de beneficios puede llegar al límite. La creciente desigualdad puede hacer estallar el sistema que tan bien se ha portado con ellos. Los votantes de Trump en algunos Estados lastrados por el desempleo se pueden rebelar al ver que no reciben los beneficios prometidos.

Joaquín Roy es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la UE de la Universidad de Miami

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