Diseño
Celia Montoya, en la oficina de Kikekeller que da paso a la galería y bar.

Celia Montoya: “Cualquier objeto es susceptible de ser una obra de arte”

Es socia de la firma de arte y decoración, Kikekeller

Tienen el expositor, que sirve como bar en fin de semana, en Malasaña

En la madrileña Corredera Baja de San Pablo, a la altura del número 17, asoma la galería de arte de Kikekeller. La cristalera deja entrever desde la calle la oficina en la que trabaja Celia Montoya (Málaga, 1969), socia de Kikekeller junto a su compañero Enrique Keller, Kike. Es en esta pequeña y acogedora sala donde ella y su equipo llevan a cabo las labores puramente administrativas de la empresa, y donde se encuentra la puerta que lleva al corazón de la casa, el expositor, un amplio local de dos pisos y un pequeño patio interior que, en su época, sirvió como sastrería.

“Queremos que no se vea desde la calle, para que el visitante sea quien lo descubra”, cuenta Montoya. Allí lucen todas las obras y piezas que construyen en la fábrica de Boadilla del Monte (Madrid), “el pulmón de la empresa, donde trabaja Kike con cuatro compañeros”. El sello de Kikekeller está presente en todas ellas. Objetos de todo tipo, o incluso partes de ellos, pierden su utilidad y conforman un sinfín de obras de arte. Una lámpara a base de bolígrafos Bic, monopatines hechos taburetes o una barra de bar en la que la pieza principal es el frontal del motor de un tractor de los cincuenta. “Descontextualizamos el uso de los objetos, es lo que nos distingue. Cualquier objeto, mediante los juegos y la imaginación, es susceptible de convertirse en una obra de arte”, prosigue Montoya.

El equipo de Kikekeller encuentra la inspiración en el óxido de los hierros, andando por la calle, en “lugares que siguen siendo auténticos, como Portugal o Buenos Aires”, o incluso en el Cobo Calleja. “Por eso, cuando montamos la empresa y llegamos al barrio, hace ya más de 10 años, “la gente se quedó sorprendida, sin saber qué éramos, y con reparo a entrar”. Los Keller decidieron apostar fuerte y hace seis años aprovecharon dos de las barras de bar que fabrican para hacer lo propio en el expositor, una con la pieza del tractor y otra con las turbinas de un motor. Así, de jueves a sábado, a la tarde noche, esta singular galería se convierte también en bar, en donde poder tomar una bebida entre obras de arte.

Esta dualidad, “creo que somos la única galería que hace algo así”, les ha llevado a convertirse en una de las paradas obligadas en el barrio de Malasaña para los amantes del arte. “Vienen mexicanos, rusos, alemanes, estadounidenses... y dicen que nunca han visto algo así”. También les ha valido para darse a conocer entre las empresas, realizando proyectos para locales como Bonneville Madrid, la clínica dental de Juan Arias, la pastelería Formentor o el Hotel 7 Islas. “Vinieron los dueños y quisieron lo que hay aquí en las habitaciones”.

Al principio, reconoce, cuesta que las empresas les den libertad total de creación: “Lo que tiene el cliente en la cabeza es muy diferente a lo que tengo yo”. Por eso Montoya se reúne con él, conoce sus necesidades, sus posibilidades y, a partir de ahí , es cuando el equipo de Kikekeller se pone a trabajar sobre una idea, “y van saliendo cosas locas y maravillosas a la vez que prácticas”. Acabado el proyecto del hotel, en el que han diseñado 79 habitaciones en cuatro años, la pareja quiere volver a la carga con su labor habitual.

Celia Montoya, en una de las barras de bar que fabrican en Kikekeller.
Celia Montoya, en una de las barras de bar que fabrican en Kikekeller.

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