El avance imparable de los nuevos modelos de negocio en el transporte urbano

Las razones que explican esta boom son tres: inmediatez, flexibilidad y precio

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En lo que parece casi un abrir y cerrar de ojos, pese a tratarse de una década, nuevas modelos de negocio de transporte urbano se han instalado en las grandes ciudades gracias a las tecnologías móviles. Desde el teléfono, a través de los sistemas GPS de ubicación, hoy se puede consultar la cadencia de autobuses, pedir un taxi convencional, requerir los servicios de un coche con conductor, abrir un vehículo compartido en el centro urbano o alquilar un coche por horas para desplazarse en las afueras. Compañías como Uber, Cabify, Car2Go, Emov, Respiro o Micocar han entrado en el transporte urbano revolucionándolo y generando una fuerte competencia frente a opciones convencionales, como es el caso del taxi.

Las razones que explican este boom son las mismas que se encuentran en todos los sectores en los que han irrumpido las nuevas tecnologías: inmediatez, flexibilidad y precio. A ello hay que sumar otros factores, como la expansión de las grandes ciudades, el auge de la economía colaborativa y las incómodas restricciones a los vehículos privados que ha impuesto la contaminación. Todo ello ha generado un marco de oportunidades atractivas para el crecimiento de estos nuevos modelos de negocio.

Como era de esperar, la fuerte competencia que el fenómeno ha introducido en el mercado, en especial frente al sector del taxi, está generando tensión y enfrentamientos. El colectivo de taxistas argumenta que estas nuevas fórmulas atentan contra su modelo, más caro, más rígido y altamente regulado. Tienen razón, sin duda, en la necesidad de reglamentar con eficacia y transparencia toda nueva forma de negocio, tanto desde el punto de vista de la seguridad hacia el consumidor como desde una perspectiva fiscal y sectorial, como también de asegurar que no existen agujeros negros normativos que puedan favorecer la competencia desleal. Pero más allá de esa exigencia fundamental, la libre competencia no solo es un pilar básico dentro de una economía abierta, sino también un factor dinamizador cuyo efecto en precio y calidad suele ser beneficioso tanto para el mercado como para el consumidor.

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