Una revolución fiscal para movilizar la actividad y los capitales globales

Un 10% por repatriar es una golosa zanahoria para los 2,6 billones que están en el limbo fiscal

El presidente de EE UU, Donald Trump.
El presidente de EE UU, Donald Trump.

A punto de cumplir sus cien primeros días en la Casa Blanca, Donald Trump va a poner en marcha la que se anuncia como la mayor reforma fiscal de la historia de EE UU. Una revolución tanto en la imposición societaria como personal que pretende movilizar la actividad económica y el tránsito de capitales en el mundo. Si en la tributación personal pone más el acento en las deducciones personales que en el tipo impositivo, en la corporativa da un vuelco completo al impuesto, convirtiéndolo en la que puede considerarse la medida proteccionista más atrevida de los últimos tiempos, y hasta ahora reservada a economías de pequeño tamaño que, a la manera de paraísos fiscales, la utilizaban como herramienta tractora de inversión.

El Tesoro norteamericano, pese a tener una abultada deuda, plantea una rebaja del impuesto sobre los beneficios de las empresas desde el 45% al 15%, un movimiento que liberará ingentes cantidades de recursos para la inversión y el reparto de dividendos a fondos y particulares y que se convertirá en un atractivo motor de nuevas inversiones en territorio norteamericano. La cara B de esta audaz decisión es el agujero que provocará en los ingresos fiscales en EE UU, que pueden generar un abultado déficit que debe ser financiado, en un país sin ahorro, con el recurrente recurso a la deuda, y hacerlo en un escenario en el que las subidas de tipos pueden verse aceleradas, con la probable detracción de recursos para la actividad económica privada.

Pretende compensar tal efecto con una rebaja del impuesto a los beneficios repatriados desde el 35% al 10%, que de forma encubierta puede considerarse una amnistía fiscal, pero que en realidad supone colocar la tasa en un lugar lo suficientemente atractivo como para que sea más rentable repatriar que retener fuera los 2,6 billones de dólares que tienen las grandes multinacionales en el limbo fiscal actual. Esta decisión, junto con la rebaja a los beneficios ordinarios, puede generar un tsunami global en los capitales, que seguramente será más efectivo para EE UU que cualquier política proteccionista para castigar a quien produce más barato.

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