Morir en España

Los que ayer nos denostaban hoy comparecen cariacontecidos y compungidos

Carme Chacón
Carme Chacón, en 2012.

La muerte nos hace tremendamente humanos. Va con nosotros. Acaba dando sentido a la vida. Pero morir en España tiene un plus. Exalta. Nos exaltan normalmente. Nos elevan a atalayas que el día anterior se ignoraban. Los panegíricos y las elegías son pleonásticas. Los mismos que ayer o anteayer nos denostaban, insultaban, lanzaban sus verbos endiablados y con la bilis más sarcástica, hoy comparecen cariacontecidos y compungidos. Es el cinismo de un carácter, el español, acrisolado de vaguedades y superficialidades, costumbrista y arrodillado ante la muerte. Al final nos dobla a todos. Solo es cuestión de tiempo, y éste es eternamente pétreo.

La muerte de Carme Chacón, sin duda ha conmovido a la sociedad. Es noticia por su sorpresivo óbito, inesperado. En una juventud madura y con una trayectoria impresionante. Ha sorprendido y conmocionado. Personaje público y político en retirada total de esa línea política donde los dardos llueven y las zancadillas son jirones que se clavan sin alma, había decidido dar un paso atrás desde que en aquel congreso de Sevilla por solo 22 votos perdió aquellas primarias frente a Pérez Rubalcaba, amigo sin duda de la hoy fallecida catalana. Los viejos prebostes de un partido que sigue buscándose asimismo hicieron lo posible para bloquear ese paso. Lo mismo que hoy siguen haciendo. Viejos dinosaurios que no saben retirarse pero que ellos no dudaron en retirar a sus viejos antecedentes en Suresnes. Chacón tenía un proyecto de renovación. Ideas nuevas. Liderazgo. Todo quedó truncado. Hoy el PSOE está donde está y sin que se conozca si ha tocado o no fondo. Todo se verá, como también el recorrido corto o no que tendrá quién gane las primarias de junio.

Morirse en España es grande. Es distinto. Roza la sublimación. Por que todo lo negro se vuelve blanco, todas las dudas, certezas, todos los defectos virtudes, todos los fallos, aciertos. Toda equivocación se torna en luz. Pero no es ni debería nunca ser así. Pero en el caso de Chacón era cierto además todo lo que ahora se está diciendo. Nunca le detuvo ese corazón enfermo, el mismo que tenía un término final, domingo de ramos de 2017. Un corazón que le hizo sentir, pulsar la realidad, preocuparse por un proyecto, por los demás, por el socialismo, por la sociedad. Morirse en España, también hiela. Nos hiela el corazón. Pero aprendamos, sobre todo los mendaces y cínicos que siempre disfrutan haciendo astillas del árbol caído o semicaído y que luego se deshacen en elogios y son capaces de rasgarse toda vestidura. Morirse en España te asegura obituarios estéticos. Sin embargo, algunos sí lo merecen, como es el caso.

Abel Veiga es profesor de Derecho de la Universidad Pontificia Comillas.

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