Tribuna

Horas y deshoras de Susana

Malo sería no rebelarse contra el conformismo autocomplaciente que asola y desola la política y los partidos

Arropada por la vieja guardia, la nueva en Suresnes, la rancia hoy en el socialismo, la presidenta andaluza ha dado el paso adelante, después de meses, incluso años, amagando, jugando con el destino propio y ajeno. O lo hacía o se acabó. Así de simple. Y o bien va a por todas, o Andalucía dejará de ser su trampolín y probablemente su sepultura política.

Veremos cómo reaccionan ahora los militantes cuando elijan. Dos opciones. No tres. Pero todo puede pasar. Todo el socialismo, nostálgico y que tocó poder, y con él, la erosión también del partido, arropa a la andaluza. Cada uno es libre de elegir padrinazgos y pupilos. El riesgo está implícito. Nuevos vinos, aunque no tan nuevos, en odres viejos.

El papel de Susana Díaz siempre será cuestionado. Y lo será por su actitud en el pasado, en las anteriores primarias, cuando contra pronóstico Pedro Sánchez, el defenestrado o descabezado en el golpe palaciego de octubre, este de 2016, fue arrojado fuera de las murallas de Ferraz.

Aquellas lágrimas de Susana, nunca entendidas, y menos comprendidas, más que no sinceras eran de frustración, sabedora como era de que también la situaban o colocaban en una posición de conspiración, derribo y acaso que días antes había iniciado el viejo Felipe con unas declaraciones desde Chile.

"En las manos de las bases está hoy un socialismo que necesita autocrítica"

Algo más que candidatos le hace falta a un partido y a una socialdemocracia herida como está. Algo más que disputas de caras y prerredactados por otros discursos y escritos. Porque se trata de identidad, de alma, de convicción, de arrastrar y entusiasmar a un electorado que ha dejado de confiar en ellos.

Más allá del tirón individual de algunos candidatos a nivel local, y ahí está el incombustible alcalde de Vigo, también facilitado por la errática de los adversarios en sus elecciones y posiciones, el socialismo va en declive.

Veremos si del mismo le ayuda a salir la torpeza y la soberbia de un Podemos que está dispuesto a dilapidar miles y miles de votos con sus ocurrencias, bravatas y ninguneos irresponsables. Allí donde gobiernan con sus marcas, o las prestadas o pactadas, la gestión es la que es. Y de regeneración, la justa, pero empezando por ninguna.

Dieron todo el do de pecho habido y por haber, posible para llenar la escenografía susanista. Allí estaban viejos compañeros de partido que no se dirigen la palabra siquiera. Pero todos han aupado a la candidata del bastión, el último que queda ya, de un socialismo que tarde o temprano también pasará a la oposición en Andalucía tras una anomalía de más de 35 años seguidos gobernando. Esto no es bueno para nadie, incluso para un siempre necesario partido socialista en una democracia.

Nada se dejó al albur ni al capricho, como tampoco nada se improvisó. Incluidas las sonrisas. Es un todo o nada. En una ruleta de un único giro, brusco y despiadado.

No es tiempo este de audacias en el socialismo, pero algunos creen que solamente lo es de supervivencia sea como sea, fuere como fuere.

Enhebrar un proyecto no es fácil, una idea de país, menos, de futuro, imposible en los tiempos de mediocridad y devaluación que corren. Pero la suerte está echada. Siempre lo estuvo hasta que los tribunos conspiraron ante un César demasiado líquido, débil y ambicioso. Ahora este aprende la lección, pero está desprotegido de viejas cúpulas pretorianas, lo cual puede ser su única opción, la mejor.

En las manos de las bases está hoy un socialismo que necesita autocrítica. Nadie es capaz ni quiere realizarla tampoco. Flaco favor al partido del otro Iglesias, el ferrolano.

Malo sería no rebelarse contra el conformismo autocomplaciente que hoy asola y desola la política, y con ella, los partidos. Fruto de la asfixia de una partitocracia que desde las atalayas soberbias y vanidades han hecho lo que han querido y con ello llevado a un país a donde está. Así de simple. Y sí, otros partidos, sobre todo uno, prefiere sin duda que gana una tal Susana Díaz, que tarde, sí ha tirado por fin su careta. Veremos si no es a deshora. Porque puede haber sorpresas, este es un país que no le guste apoyar a los aparatos, sino a los débiles o a los que no tienen opción, aunque con ello, nos arrastremos todos, por compasión, o por estulticia, a la ciénaga de la nada misma.

Abel Veiga es profesor de Derecho de la Universidad Pontificia Comillas.

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