Editorial

Una riqueza pasiva y poco productiva

La estructura de la riqueza, muy concentrada en inmuebles, revela un comportamiento muy conservador de la sociedad

 Cartel de piso en venta, escrito tambien en ingles, en un edificio de viviendas.
Cartel de piso en venta, escrito tambien en ingles, en un edificio de viviendas.

Los españoles acumulan una riqueza que alcanza 5,24 veces el Producto Interior Bruto (PIB), que en términos absolutos puede cifrarse en unos seis billones de euros. En este valor relativo se ha movido prácticamente desde hace una docena de años, una vez que el valor de los activos inmobiliarios encajó la fuerte revalorización del boom de crédito, de inmuebles y de deuda. Desde que comenzó la crisis el valor relativo de los activos de los hogares ha descendido lentamente, con un comportamiento bien desigual entre los activos inmobiliarios y los financieros. Mientras que los primeros han caído de forma sostenida para estabilizarse en los dos últimos años, los financieros han sufrido los vaivenes de los mercados bursátiles y de deuda, para estabilizarse después por encima de los dos billones de euros en los dos últimos años.

En términos gráficos, de cada cinco euros de riqueza, cuatro corresponden al valor del activo inmobiliario y solo uno al valor del activo financiero neto, que descuenta el valor de la deuda con la que se financia una parte importante del activo inmobiliario. El activo financiero agregado (contabilizando la deuda) supera los dos billones de euros, de los que prácticamente la mitad (unos 915.000 millones de euros) son simples depósitos bancarios o efectivo; unos 715.000 millones, participaciones financieras en empresas; y unos 350.000, derechos de seguros de vida y participaciones en fondos de pensiones. El pasivo financiero, la deuda contraída casi en exclusiva para financiar una parte del activo inmobiliario, supera los 700.000 millones.

La estructura de la riqueza, muy concentrada en inmuebles, revela un comportamiento muy conservador de la sociedad, con una sobreconcentración en los activos improductivos, estimulados muchos años generosamente por los impuestos, y una muy limitada apuesta por la economía productiva. De hecho, la mitad del ahorro financiero está alojado en los tradicionales depósitos bancarios, convertidos en seguros proveedores del negocio bancario, incluso cuando su remuneración es prácticamente insignificante. Este desequilibrio en el reparto de la riqueza y esta particular concentración en menoscabo de la capitalización de una economía productiva e industrial está bastante extendida en los países del sur europeo, mientras que en centroeuropa la ética protestante ha configurado una estructura del ahorro de la gente que favorece la economía productiva. Una madurez plena de la economía española, amenazada como está por la avalancha del envejecimiento, aconseja apuestas más decididas de los particulares, convenientemente estimulados, por la inversión financiera que garantice decentes complementos al sistema de pensiones, y a su vez, capitalice un aparato productivo volcado en la intensidad tecnológica, en la mejor formación y en bienes y servicios de calidad y de demanda universal.

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