Editorial

Ambición para digitalizar la economía

Para impulsar esa tarea es esencial contar con la colaboración de las empresas, pero también de todas las fuerzas políticas

El presidente del Instituto de Estudios Económicos, José Luis Feito, el ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal; el presidente de CEOE, Juan Rosell y el vicepresidente del consejo de Telefónica, Julio Linares.
El presidente del Instituto de Estudios Económicos, José Luis Feito, el ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal; el presidente de CEOE, Juan Rosell y el vicepresidente del consejo de Telefónica, Julio Linares.

La hoja de ruta que el Gobierno presentó ayer para avanzar en la digitalización de la economía española plantea los grandes retos que el país debe abordar, no en los próximos años, sino de inmediato. El nuevo ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal, cifró en seis esas asignaturas pendientes: el despliegue de infraestructuras de redes, la creación de plataformas europeas o de contenidos para esas redes, la definición de los derechos de los ciudadanos en internet, la fiscalidad de los bienes y servicios digitales, los derechos de propiedad intelectual y la transformación de la industria, especialmente a través del internet de las cosas. Pese a que Nadal señaló que su departamento se conformaría con avanzar de forma “sustancial” en una de esas seis áreas, la agenda digital del Gobierno debe ser realista, lo que en este ámbito es sinónimo de ambiciosa. De lo contrario, la economía española podría quedarse anclada en el furgón de cola de una revolución cuya velocidad y capacidad de renovación es vertiginosa.

Entre esa media docena de asignaturas pendientes, destaca una transformación profunda de la industria y el tejido empresarial, especialmente en lo que se refiere al fenómeno del internet de las cosas. En un mercado en el que tres de cada cuatro consumidores utiliza habitualmente la red y donde el 90% de la población tiene acceso a la banda ancha móvil, no existe excusa alguna para retrasar un cambio de paradigma para el que el cliente está preparado. Existen empresas españolas inmersas ya en este proceso, las hay en todos los sectores, pero la gran mayoría de las pequeñas y medianas compañías están lejos de ese objetivo.

En el caso del comercio electrónico de objetos y servicios prestados de forma física, España arrastra un serio problema en materia logística, que constituye todavía un reto y una barrera para muchas empresas. También la fiscalidad es un nudo que hay que desatar, especialmente en cuanto a los contenidos netamente digitales, cuyo tratamiento tributario es complejo y es necesario afinar.

España no es la única alumna desaventajada de la clase digital. Estados Unidos sigue marcando la vanguardia en esta materia, muy por delante de una Europa que, en este como en otros ámbitos, se ve frenada por la lentitud y rigidez de buena parte de sus normativas y reglamentaciones. En un mundo interconectado, en el que el comercio no tiene fronteras, la revolución digital que debe afrontar la Unión Europea tiene como uno de sus grandes objetivos evitar que se repita el fenómeno de las dos Europas. Para impulsar esa tarea es esencial contar con la colaboración de las empresas, pero también de todas las fuerzas políticas. Un mensaje que CEOE transmitió ayer con claridad al solicitar públicamente un pacto de Estado en esta materia. El guante está echado, ahora resta recogerlo.

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