Libre comercio
EL primer ministro de Canadá,  Justin Trudeau
EL primer ministro de Canadá, Justin Trudeau

La política comercial de la UE se la juega en Canadá

Bruselas teme que el libre comercio entre en retroceso

Ironías de la historia. La Unión Europea espera firmar la semana que viene un acuerdo comercial con Canadá que para Bruselas debería ser el primer capítulo de una nueva oleada de liberalización pero que puede convertirse en el frustrante epílogo de la política comercial de la UE, comunitarizada hace solo seis años. En otra época, el acuerdo eurocanadiense (conocido como CETA por sus siglas en inglés) se hubiera ratificado sin apenas problemas. Pero en un ambiente de crispación económica se ha visto arrastrado por la polémica en torno al futuro Tratado Transatlántico de Inversión y Comercio (TTIP) que Bruselas también negocia con Washington.

A solo una semana de la solemne firma del CETA ni siquiera se sabe si podrá celebrarse la cumbre con Canadá del próximo 27 y 28 de octubre. Y el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, aún no sabe si debe cruzar el Atlántico para asistir en Bruselas a una ceremonia que de momento sigue en el aire.

El último tropiezo para la firma del CETA se ha producido en el parlamento regional de Valonia (Bélgica), que se niega a aceptar que el Gobierno belga suscriba el acuerdo por temor a sus consecuencia económicas, sociales y medioambientales.

En teoría, el CETA podría ratificarse por mayoría cualificada con el voto en contra o la abstención de Bélgica. Pero la canciller alemana, Angela Merkel, exigió y obtuvo antes del verano que el acuerdo con Canadá se ratificase en todos los parlamentos. Una “renacionalización” de la política comercial que podría suponer su fin nada más estrenarse.

“Nuestros socios empiezan a ver que el proceso de la UE es complicado y que a veces pueden saltar sorpresas inesperadas”, lamentan fuentes comunitarias. Y se inquietan ante el riesgo de que la polémica sobre Canadá sea solo el anticipo de revuelta popular general contra todo tipo de acuerdos de liberalización.

La resistencia valona, en efecto, es tan solo el síntoma de una desconfianza creciente por parte de la opinión pública hacia unos acuerdos que, según la CE, resultan vitales para la prosperidad económica del Viejo Continente. Incluso en Alemania, país eminentemente exportador, la virulencia del movimiento contra el TTIP no cesa de aumentar. Y el Tribunal Constitucional acaba de limitar el margen de aplicación del CETA hasta que resuelva varios recursos de inconstitucionalidad, lo que limitará el alcance del acuerdo con Canadá durante meses o años.

Fuentes europeas reconocen que “si no se recupera la confianza de la opinión pública, el margen de la Unión Europea para negociar acuerdos comerciales se reduce a cero”.

Bruselas insiste en que ni Canadá ni Estados Unidos, países con economías y sociedades muy similares a las europeas, exigen una rebaja de los estándares sociales. Y que los acuerdos comerciales son favorables a los intereses europeos. “Por cada 1.000 millones de euros más de comercio exterior se generan en Europa 14.000 puestos de trabajo”, señalaba ayer el vicepresidente de la CE, Jyrki Katainen.

La retahíla de cifras de la CE, muchas inverificables, impresionan poco a los enemigos de los acuerdos, que incluyen desde la extrema izquierda a organizaciones medioambientales e incluso algunas patronales. Un poderoso movimiento en contra que confía en que la política comercial de la UE empiece y acabe con Canadá.

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