Tribuna

El escaño de Barberá

Apenas musitó con voz grave: “Es mi escaño”. Eso debió pensar quien encarna en rostro propio el pasado del Partido Popular, para lo bueno pero también para lo malo, o quizás la peor cara de un partido que tiene que regenerarse a marchas forzadas. Rita Barberá, genio y figura, carácter y convicción, ha pasado por la política como un Atila arrollador pero magnetizante, arrasando en sus citas electorales. Su caída solo era cuestión de tiempo, su retraso en seguir la pretendida suerte de sus compañeros de ayuntamiento, un paréntesis debido a un aforamiento cada vez más cuestionado en la vida política española. Exceso de generosidad, prebenda y privilegios que ya vemos en qué desemboca.

La todavía senadora, bofetada sin duda a un silente Rajoy, entiende la política por viejos cánones arrancados de la Transición y que han terminado por demostrar la cara más adusta, amarga y no ejemplar de la misma. Salvando toda presunción de inocencia, su partido y ella misma sabían, aun cuando la impusieron hace unos meses para la Comisión Permanente del Senado –desfachatez y provocación–, que acabaría por ser investigada por un presunto blanqueo de capitales y en una comunidad, la valenciana, donde el poder que acumuló este partido es tan grande y lo fue, como el número de operaciones judiciales, encausados y condenados como tiene, desde el Gobierno autonómico, las diputaciones, alcaldías y organismos públicos.

Concepción patrimonialista y personal del poder, del cabrestante omnímodo de una manera de sentir y concebir la política al servicio propio. Las siglas se doblegan ante el nos mayestático de quien se cree, y se le permite, estar por encima del partido. Era y fue el modelo en otros tiempos, como blasonó en una ocasión el presidente del partido. Tiempos remotos y no tan remotos donde todo se veía de otra manera, de otro color, con otros oropeles. Donde Camps y Barberá aguantaban en su mano el pulso del partido a nivel nacional, quid si no con lo que sucedió en Valencia en junio de 2008 y ante un debilitadísimo presidente, cuestionado y en el alambre de los Brutus cínicos de su propio partido. Hoy se vuelve como una bocanada que abofetea el presente y el pasado, pero sobre todo, el futuro. Llueve sobre mojado. No termina de escampar. El Supremo sitúa a la aún senadora, y no está dispuesta a renunciar a su escaño, entiéndase, aforamiento y privilegio de esta ante el propio Supremo y no ante otro juez o juzgador ordinario, a un paso de la imputación. Las sombras, las dudas, las certezas golpean con un aguijón que se temía en Génova. Que se sabía que llegaría a raíz de la Operación Taula, donde todos los concejales del partido en su momento fueron imputados salvo la exalcaldesa. Quien, escudada en la ignorancia y en el no saber qué sucedía, presunción de inocencia por supuesto, era la excepción a esa imputación global. Un golpe en la mandíbula de los populares valencianos que tocaron el cielo de las vanidades con la yema de los dedos durante una década. Todo acabó y acaba como sabemos. Pero no se quiere, no se quiso escuchar, ver y menos comprometer. Silencio de la secretaria popular, esto no es un despido simulado indisimuladamente auspiciado como explicación. Es más grave. Huida silenciosa y con media sonrisa de las cámaras y de toda declaración. Ciudadanos, pero sobre todo la ciudadanía, están hartos de estos viejos y presentes espectáculos.

Barberá no dimite, no se aparta, está dispuesta a plantar cara, a presionar y no ser la pagana única de demasiadas vergüenzas y conatos de lo que nunca debió ser. Serán los jueces los que diriman su resultado final. Pero la asepsia, el telón de hierro y la cirugía ha comenzado en el discurso popular. Es obvio que si no pasara lo que está pasando y con dos procesos electorales que en diez días emitirán su veredicto, el impacto no sería tan grave.

Mientras, Ciudadanos, que tan pronto dice que se diluyó su segundo pacto de investidura frustrado como que no, que su propuesta de pacto contra corrupción sigue vigente o no, pues el péndulo oscila entre la nada y la casi nada, ejercita su látigo ante un Rajoy que calla. Y respetando la presunción de inocencia de la senadora, faltaría más, volvemos a lo de siempre, ¿de quién es el escaño? Algo que el Constitucional en su día aclaró, pero ¿por qué tanto privilegio a quienes no deberían tener ninguno? Mucha regeneración de palabra, nada de hecho. Rompamos inercias de una vez. Y demostremos que en política también existe la dignidad y sobre todo, la ejemplaridad.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil en Icade

 

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