El Foco

La España desinvestida e invertebrada

Pasa el tiempo de una regeneración que no existe en los partidos. Todo es un maquillaje reducido a caras más juveniles

Investidura

No es un problema de investidura, lo es de gobernabilidad. Si bien, todo arranca con lo primero. Lo es de seriedad, de rigor, confianza y credibilidad. Ocho meses después de las primeras elecciones, no somos, no son, capaces de formar Gobierno los distintos partidos. Sobran hipocresías, faltan arrestos y voluntad política. Esta se convierte en un ejercicio cínico de intereses. Se aparcan problemas que, sin embargo, se arrojan como dardos al adversario. Se echan balones fuera. Irresponsabilidad manifiesta, cortoplacismo y un insoportable tacticismo. Se quieren terceras elecciones. Las definitivas. Se niega, sin embargo, ante las cámaras.

Cada uno hace sus cálculos. Unos quieren reforzar su exigua mayoría, sin cambiar de caballo, tampoco de auriga. El otro lucha denodadamente por sobrevivir hasta los idus decembrinos, cuando demasiados Brutus acechan. Los que fueron emergentes, aunque ya no lo parecen, pese a la desaparición pasmosa de uno de ellos, saben que en las terceras los nubarrones son funestos para ellos. Eso explica el péndulo de Rivera, a quien no importa la credibilidad, según sus propias palabras, y sin embargo, trasmuta interesadamente en sentido de Estado para explicar su bisagra, el apoyo ora izquierda, ora derecha. Siempre el interés. Mayestáticamente, que no retóricamente, todo por el sentido de país, de necesidad, de voluntad y de altruismo.

Pero la política se escribe también o la escriben los tiempos y los caprichos vehementes de algunos con renglones torcidos. Mas ese tiempo pasa. El tiempo de reformas, de una regeneración que no llega ni tampoco existe en los principales partidos. Todo es un maquillaje reducido a cuatro o cinco caras algo más juveniles, pero no se mueve una hoja en tan polvoriento, a veces también algo carcomido, dejemos lo de podrido, olmo seco. No es el olmo machadiano partido y hendido por el rayo, sino por quienes se aferran a la conquista y preservación del poder a toda costa.

 "Se quieren terceras elecciones. Las definitivas. Se niega, sin embargo, ante las cámaras"

La razón política se desvertebra, pero a la vez se desinhibe. Caro y largo nos lo fían los políticos a quienes el veredicto de las urnas importa poco. Era la geometría variable de aquel presidente que todos hoy prefieren obviar su nombre. País este de rápidas amnesias y agradecimientos tardíos con los suyos. Los problemas siguen ahí. Un desempleo igual de alarmante, una precariedad laboral extenuante, un embotellamiento a futuro con las pensiones, un endeudamiento privado y público en cotas irreconocibles y mayúsculas, una reforma tributaria nonata y acuciante, una reforma educativa que termine con el desbarajuste de décadas y nos saque de los peores listados, la búsqueda y optimización de la eficiencia en el gasto público, una reforma de la Administración de verdad y no la cosmética de números improvisada, una mejora de los salarios, un plan de choque frente a la desigualdad, que existe y sin embargo se soterra como los umbrales de pobreza que no se reconocen en nuestro país. Por no entrar en el calado de una reforma constitucional y territorial, esta última que empieza por una financiación autonómica seria, rigurosa y clara, que ordene el entramado local tanto en lo institucional como en lo político, para abordar definitivamente las tensiones separatistas, a las que el tiempo no dará soluciones por sí solas. Estos y otros muchos problemas, tan importantes o más que aprobar unos presupuestos, están encima de la mesa. La misma mesa cuadrada que debe abordar, vertebrar, el bisturí que ampute la corrupción política, empresarial, social, que estigmatiza y, sin embargo, es tolerada por una sociedad que mira para otro lado con demasiada frecuencia pese a su hartazgo y cansancio ante la realidad de un mapa inerme e inmutable.

Son los poros de la política, la de verdad, no la de la flagelación provocada, la del dislate, la de la ruptura cínica, la de la demagogia y utopía barata. Preservar los cánones de la lucha política, del juego político desde la lealtad de todos. Sin armas arrojadizas, sin despropósitos ni insultos mordaces. Lealtad en política, lealtad a un país. Lealtad no significa imposición ni acriticismo. Lealtad no exige una comunión de ideas indefectible. Exige respeto, tolerancia. Principios y axiomas. Acción. Crisis institucional, colapso por sus entrañas morales, crisis de la democracia. Por pasividad, conformismo, por complacencia y ausencia de crítica. La democracia no es un oficio. Los partidos han recortado sus alas, partidos de notables, piramidales. Volvamos a las bases, a la piel, al pegamento político en la calle. Y exijamos a los políticos ese espejo, ese reflejo, pero sobre todo, responsabilidad. Juguemos con cartas nuevas. Exijamos compromiso. Siéntense quienes tienen que sentarse y discutan de lo que tienen que discutir. España, la crisis, la sociedad, el crecimiento, el desempleo, la educación. Busquen soluciones y altura de miras. Generosidad, de gobierno y de oposición. Urge tener Gobierno, acción, iniciativa y soluciones. Y sumar más escaños puede ser objeto de una buena negociación con planes de gobierno de más socios.

"Sumar más escaños puede ser objeto de una buena negociación con planes de gobierno de más socios"

No es hora del reproche mutuo, la indiferencia hiriente y mordaz. Tenemos que cambiar. El hoy requiere el mañana y este no es nada sin el hoy, incluso ayer. Rompamos viejas inercias. Abramos puertas y ventanas. Cercanía, credibilidad, compromiso, confianza, coherencia, capacidad, competencia. Devolvamos la ilusión a la ciudadanía, a la política y por la política y lo público, no ahoguemos la vitalidad, la autocrítica, la renovación, la regeneración política, no solo de personas, también de ideas, soluciones, proyectos políticos. Euforia inane e inteligencia política no son precisamente compatibles. Y hay mucho de lo primero en este ruedo ibérico cada vez más sumido en los rescoldos de taifas.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil en Icade.

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