Tribuna

Turquía, matar la libertad

Erdogan está orquestando un golpe de timón puertas adentro, pero también puertas afuera con el acercamiento con Moscú y Tel Aviv

El segundo golpe no se detiene. La caza de brujas proyecta su sombra sin sospecha ni respeto. La Sublime Puerta, bâb-i âli o babiali, se cierra. La metáfora se convierte en una realidad dramática. La mordaza y la imposición ganan.

La Sublime Puerta era el nombre de la corte del sultán, el Gran Visir. Tayyip Erdogan ni es sultán, otra cosa es que aspire a serlo, ni visir, ni tampoco un demócrata auténtico. Es cierto que la politología ha desvelado, a veces, develado, múltiples tipologías de democracias. Basta leer entre otros a Held o a Lijphart. Su visión de la política es tan autocrática como unidireccional. En apenas dos semanas ha puesto al país patas arriba. Limpieza, purga, depuración. Es la reacción al golpe de estado, o conato del mismo, que derramó sangre en las calles. Pero no es una reacción espontánea, es fría, calculada, perfectamente orquestada y obedece a una planeación anterior. Luego llegarán los juicios, o simulacros de, las condenas y, quién sabe, si volverán o no las penas de muerte ante una anunciada nueva Constitución en ciernes.

Erdogan no desaprovecha la ocasión. Bendice a su Dios por la oportunidad, por la prueba, por todo cuanto ha sucedido en una invocación oportunista del islamismo y un cada vez más diluido laicismo que era el santo y seña del postimperio otomano y la creación de Attaturquiana de la nueva Turquía salida de la primera Gran Guerra. La estrategia es clara, concisa y precisa, atacar y depurar las élites no afines o sospechosas, donde fuere, en el ejército, sobre todo en sus mandos, en inteligencia, en las fuerzas de seguridad, en jueces y magistrados, en la Universidad, en los profesores, y ahora en los medios de comunicación. Todo sigue su curso. Silenciar la voz, aplastar toda disidencia o tono crítico, toda acusación de despotismo y abuso de poder y fractura, que no fragmentación de los poderes del Estado, porque simplemente, desde ahora, hay una confusión absoluta entre los mismos amén de dependencia directa de Erdogan.

La excusa, los 290 muertos del fallido golpe, pero es una auténtica caza de brujas macarthiana de los tiempos modernos. El Estado de emergencia decretado es una bula frente a la inmunidad y el respeto a las libertades y los derechos. No hace falta presentar cargos para actuar, ni tampoco restringir los días de arresto o detención, todo es posible. Más de 35.000 detenidos, de los que la mitad están imputados. Las cárceles son amnistiadas para presos comunes. Se hacinan miles de sospechosos de toda condición y sospecha gulenista o de pertenecer a Himzet.

"El Estado de emergencia decretado es una bula frente a la inmunidad y el respeto a las libertades y los derechos"

El señalamiento del clérigo Gülen, autoexiliado en EE UU, y a quien el Gobierno confiere la autoría intelectual del golpe y la infiltración de sus seguidores en las estructuras más altas del Estado y sociedad civil, son el anatema que persigue Erdogan. No duda en tacharlos de terroristas. Es la excusa, la de la perpetuación de un poder que no respeta la libertad ni la presunción de inocencia. No hay límite. El paso de una democracia islamista y no laica hacia una dictadura es muy estrecho. Tiempos oscuros y complejos donde toda acusación vale frente al antiguo correligionario político y amigo. El escudo que sirve para hacer cuanto quiere y siempre deseó, la espoleta perfecta para la purga que está llevando a cabo y el giro del país desde el secularismo a un islamismo disfrazado de cierta democracia y apertura.

El país está derivando hacia la represión, la mordaza, el silenciamiento de la sociedad. Se ataca a toda disidencia, se la aparta, se la acusa y demoniza primero, y enjuiciará después. Se debilita toda democracia, todo derecho y libertad. 60.000 turcos están sufriendo de momento esta purga en primera persona. Apartados de sus puestos, funcionarios, profesores, periodistas, militares, médicos, deportistas, todo bajo sospecha en un Estado cada vez más vigilante y una sociedad vigilada. Pero lo dramático es que, además, este es el faro que muchos países musulmanes pueden seguir a partir de ahora sin consecuencias de ningún tipo. Los tiempos de la moderación en Turquía han caído. No era modernidad, era impostura y estrategia. Era contención y jugar con los tiempos. Los mismos en que algunos líderes europeos viajaban y asistían a mítines del partido Libertad y Justicia. Hagan memoria.

Turquía vive su noche de cuchillos largos. Se limpian las voces disidentes, se instaura el miedo. Se frena toda voz contraria al partido islamista, se infecta todas las estructuras del Estado y el entramado institucional y administrativo de seguidores fieles y fanatizados con la única verdad en una auténtica limpieza de sangre medieval-moderna de los tiempos presentes.

Erdogan está orquestando un genuino golpe de timón puertas adentro, pero también puertas afuera con el acercamiento y apaciguamiento con Moscú y Tel Aviv. Los años de desencuentro y tensión siguen a una aparente búsqueda de normalidad que contrarresten la imagen negativa de Erdogan. ¿Cuál es el papel, o cuál debería ser, de EE UU y la UE, amén de la OTAN, en esta gran farsa erdogiana? Silencio, aturdimiento, dejadez ante la imposibilidad de saber qué hacer y qué decir. Turquía es la válvula entre el interés de Europa por controlar el flujo de millones de inmigrantes refugiados o el caos. Es un aliado clave en la OTAN y el segundo ejército de la misma, que sin embargo está ejerciendo una represión atroz. Qué importa si esta no parece hacerlo, las represiones suníes, chiíes, de dictadores y monarquías autocráticas en el resto del mundo árabe. Tiempos oscuros, de silencio cómplice y mucho cinismo donde la democracia está siendo enterrada definitivamente.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil en Icade.

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