Elecciones en EE UU
La candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton.
La candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton. Reuters

La diversidad de Nueva York abraza a Clinton

El fenómeno Trump ha hecho que aflore un electorado rural, sin estudios, muy conservador, partidario de portar armas de fuego

Hillary Clinton –aun nacida en Chicago– reside en Nueva York desde que dejó la Casa Blanca como primera dama en enero de 2001. Ha sido senadora por Nueva York ocho años y el electorado diverso y progresista de la ciudad “que nunca duerme” (Frank Sinatra) es suyo.

Donald Trump es neoyorkino de los pies a la cabeza: ha nacido y vivido en esta ciudad durante sus casi setenta años de existencia. Sin embargo, la mayoría, como subrayó en la Convención Demócrata el vicepresidente Biden, no se identifica con él. Y, desde que afirmó que “aún cuando disparara a alguien en la Quinta Avenida, los neoyorkinos seguirían enamorados de mí”, los habitantes de la ciudad se han distanciado enormemente de él.

Los empresarios en Nueva York, empezando por el billonario ex alcalde Michael Bloomberg ni le apoya, ni le considera preparado para ser presidente. Main Street, la gente normal de la calle, no se identifica con Trump: sus ofensas a mujeres, hispanos, musulmanes, héroes de guerra caídos en batalla, etc, ponen en su contra la mayoría de un electorado que –dicen las encuestas– está ya en el bolsillo de Clinton.

Desde un punto de vista económico y financiero, Nueva York tampoco quiere a Trump. En la ciudad de los rascacielos tiene sede Wall Street. Los cinco primeros bancos nacionales con sede en Nueva York, tienen activos equivalentes al 56% del PIB americano. Si el presidente Obama no les hubiera rescatado con el programa TARP a principios de 2009 –Bush lo intentó en 2008, pero no lo consiguió por la oposición de su propio partido–, la economía americana y, por ende, la mundial, hubieran entrado en una gran depresión.

En esto están de acuerdo los últimos presidentes de la FED: Vaulcker, Greenspan, Bernanke y Yellen. Nueva York no es un problema para Clinton, sino para Trump. Un banquero de inversión me dice: “aquí no queremos ver a Trump ni en pintura. Ha entrado en bancarrota cinco veces. Cada vez que viene aquí, a Wall Street, es para pedir dinero”.

Empresarios e inversores de la talla de Warren Buffett (demócrata, primer inversor del mundo, tercera fortuna del planeta y pro Hillary) y Mitt Romney (ex candidato republicano a la presidencia en 2012 y multibillonario) han ridiculizado públicamente a Donald Trump: ambos están de acuerdo en que no puede ser buen empresario quien ha ido a la bancarrota cinco veces y, peor aún, no es capaz de articular una política económica coherente, como sí está haciendo Hillary.

Clinton sabe que la elección presidencial se decide en estados como Ohio, Colorado, Florida, o Filadelfia. En Colorado, el 4 de agosto pasado Clinton recordó a Trump que si quiere “hacer América grande de nuevo” –lema electoral de Trump– puede empezar por fabricar en EE UU (“made in USA”) en vez de en China. Hillary lo ejemplarizó mostrando en un mitin dos corbatas: una hecha localmente en Colorado, con trabajadores norteamericanos y con emigrantes latinos y musulmanes: made in América, puestos de trabajo en América. La corbata de Trump había sido hecha en Bangladesh.

Las inconsistencias de Trump le están costando caro: dice que la economía es un desastre, pero en los últimos siete años el PIB ha crecido de media el 2,2% y se han generado casi 15 millones de nuevos empleos. El índice de confianza del consumidor, en julio, alcanzó su máximo histórico desde 2006, antes de la crisis. Cierto que no todos los sectores de actividad están ofreciendo beneficios récord (energía, automóvil), aunque la Bolsa (Dow, SP-500, Nasdaq) vive momentos memorables. El sector TIC da beneficios maravillosos (Facebook, Amazon, Alphabet-Google, por ejemplo), también las cinco primeras entidades financieras.

Entretenimiento, música, cine, la industria en California vive momentos de gloria. Desde California le llega un mensaje significativamente negativo: Meg Whitman, –y varios congresistas republicanos– presidenta y CEO en HP Inc y Hewlett-Packard Enterprise, republicana y candidata en 2010, acaba de decir que apoyará a Hillary Clinton. Como el 49% del electorado, versus el 39% que apoya a Trump, según las tres últimas encuestas publicadas por CNN, Fox y Wall Street Journal. Trump está rompiendo el partido republicano en dos.

Ya estaba dividido entre conservadores moderados y los extremistas del Tea Party. Pero Trump ha hecho que aflore un electorado rural, sin estudios, muy conservador y aislacionista, partidario acérrimo de portar armas de fuego y que se opone radicalmente al aparato del partido republicano: Paul Ryan –presidente de la Cámara de Representantes–, y Mitch McConnell (líder de la minoría republicana en el Congreso) apenas soportan a Trump. McCain, héroe de guerra, pero acusado de “perdedor” por Trump puesto que fue capturado y torturado durante cinco años en Vietnam, tiene poco aprecio a Trump. Obama, el 3 de agosto preguntaba a los líderes republicanos: “Si tienen que corregirle cada dos por tres, ¿por qué no le retiran su apoyo?” Obama –en línea con el cristianismo afroamericano– es amigo de citar el Evangelio.

El 5 de agosto afirmó: “una casa desunida no puede prevalecer, dijo Cristo”. Y el partido demócrata, que sigue recaudando más dinero que Trump, aunque éste haya mejorado (en julio 90 millones Hillary; 82, Trump, dos tercios online), está fuertemente unido, también con el apoyo de Bernie Sanders. Y con el de Obama, cuyo índice de aprobación de su gestión se ha disparado (+54%), como en julio de 1988 le ocurrió a Reagan. El 90% de los que apoyan a Obama, apoyan a Clinton.

Mientras, Trump genera división entre sus filas. Lo último ha sido descubrir que no es autor de su libro más vendido “The art of the deal”. El autor, Toni Schwartz dijo a The New Yorker que “el botón nuclear en manos de Trump, nos llevaría al fin de la humanidad”. Clinton sostiene lo mismo. La campaña no ha hecho sino empezar. Y el punto de partida es una ventaja de 10 puntos de Hillary sobre Trump. Quizá el resto del país siga el ejemplo de Nueva York y apoye a la sensata y experimentada Clinton.

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