La lucha contra el cronómetro que alimenta los Juegos Olímpicos

Buena parte de la gloria repartida en la historia del deporte se decide por centésimas. La tecnología ha ayudado a matizar los triunfos, de la cinta en meta hasta el 'photofinish'.

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    Los Ángeles 1932 marca un antes y un después en los Juegos Olímpicos porque introdujo varias medidas que modernizaron la competición. Fue la primera vez que se colocaron los podios, dando una merecida relevancia así a quienes quedaban segundos y terceros. También se reforzó la presencia de jueces en casi todas las disciplinas. Pero, sobre todo, se profesionalizó la medición de las distintas pruebas. En esa edición se contó con 30 cronógrafos y un técnico relojero de apoyo.

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    Ochenta años después, la tecnología es tan precisa que puede identificar al ganador de una prueba de velocidad aunque la distancia con el perseguidor sea de milésimas de segundo. Los juegos de Río 2016, que se inauguran este viernes, contarán con la supervisión de los equipos Omega, los guardianes del tiempo desde 1936 con la excepción del periodo 1996-2004, en el que se le encargó la tarea al grupo Swatch. En el libro de edición especial Great Olympic Moments in Time, de Omega, la relojera desgrana cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo esta tecnología, clave para el desarrollo de citas deportivas.

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    Los primeros modelos de cuentaminutos capaces de parar y reanudar su funcionamiento databan de 1898. Tres décadas más tarde, la tecnología había aportado una precisión muy superior. En 1948 se introdujo el ojo mágico, una célula fotoeléctrica que sustituyó a la tradicional cinta que aguardaba en la meta. La era digital llegó en Tokio 68, la primera cita en la que se pudieron emitir en tiempo real los registros en las pantallas de televisión. En Moscú 80 se introdujo el detector de salida falsa, capaz de avisar en caso de que alguien saliera antes que los demás. Y la photofinish se perfeccionó e integró en las competiciones en Barcelona 92.

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    Pese al perfeccionamiento de la tecnología, tantos años de Juegos dan para muchas anécdotas. Destaca entre ellas lo que sucedió cuando la gimnasta rumana Nadia Comaneci ejecutó en las barras asimétricas el primer ejercicio perfecto jamás visto en unas Olimpiadas, en Montreal 76. Los jueces le dieron un 10, pero el reloj electrónico no estaba preparado para dar la máxima puntuación posible, así que apareció un 1.00. La situación se repitió otras seis veces para esta gimnasta, incluida entre las mejores de la historia. Cuentan las crónicas que ella, sin embargo, no se confundió, ni mucho menos, al mirar el marcador.

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    ¿Hay algo más humillante para el severo código del honor nipón que un occidental gane, por primera vez, un oro olímpico en judo, el deporte con más tradición de Japón? Sí: que lo logre ante la atenta mirada de todo el país. Eso es lo que hizo el gigante holandés Anton Geesink, de casi dos metros de altura y 120 kilos, en la final de los pesos pesados de Tokio 64. Se impuso a Akio Kaminaga resistiendo como pudo la más depurada técnica de su contrincante y cayendo sobre él en cuanto tuvo ocasión. Ya en el suelo, hizo valer su corpulencia para inmovilizarlo y acabar así con la supremacía nipona en este deporte. El público local no daba crédito al mirar el marcador. A la decepción de todo un país le siguió el reconocimiento hacia quien logró esa gesta. Geesink se convirtió en el primer judoka en obtener el décimo dan, rango que solo han alcanzado una veintena de personas.

    Getty Images