Tribuna

Responsabilidad

Mentiras, patrañas, añagazas e imposturas en un tiempo político evanescente

Apócrifo concepto en política, huérfano de significantes, baldío de moralinas.

¿Cuál es la responsabilidad de un presidente, de un primer ministro en la toma de decisiones? Es un interrogante que está ahí, de cuya respuesta se infiere que la misma es siempre racional, pero la realidad es bien distinta. Qué consecuencias tiene o debería tener toda decisión, toda acción política es el siguiente interrogante. Prever y anticipar, planear e idear.

Vienen al hilo estas reflexiones a propósito del informe que Reino Unido acaba de desvelar y hacer público sobre la guerra de Irak y el cuestionamiento claro de la decisión que llevó al premier británico de por aquel entonces a involucrar a su país en una guerra cuando era evidente que no todo estaba claro y no se habían agotado aún todas las posibilidades para evitarla o dejar hacer y concluir la labor de los inspectores de armas en aquel instante.

No sorprende que en un país cuna de la democracia tal informe haya visto la luz. E incluso que se hubiese encargado por el mismo Gobierno que legitimó –en realidad, partido, aunque Gordon Brown sí estaba en el gabinete de Tony Blair– aquella guerra, aquella participación bélica convertida en un fracaso y causante de un gran número de los problemas que hoy existen. Sorprendería en un país como el nuestro. Donde las comisiones de investigación parlamentaria son una simple, paladina burda y vergüenza. Cuando no mero escarnio. A los hechos nos remitimos. No hace falta pensar mucho.

"Hoy se evidencia más si cabe el error de aquella guerra y sobre todo de aquello posguerra"

En Reino Unido se votó en el Parlamento al igual que se hizo aquí. Muchos votaron con los ojos voluntariamente tapados. Allá ellos y sus conciencias.

Hoy se evidencia más si cabe el error de aquella guerra y sobre todo de aquella postguerra. El nulo arrepentimiento de quiénes patrocinaron un auténtico atropello a toda legalidad internacional, bastante devaluada ayer al igual que hoy, y la intervención militar en un país que se había decidido meses antes y se quiso revestir cínicamente con ropajes de legalidad y presiones a miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, así como su dulcificación mediática ante los medios de comunicación de los países en cuestión, cada vez más sensibilizados y polarizados contra la intervención, sobre todo, España y Reino Unido.

Las armas no aparecieron porque nunca existieron. Algún diputado a la sazón diplomático y luego cesado por escándalo económico, años después, daba lecciones de cómo el gas VX y sarín podía estallar en 45 minutos en Londres en los programas de tertulia televisiva. Mentiras, patrañas, añagazas e imposturas en un tiempo político evanescente e irresponsable.

Pero volvamos a la responsabilidad. Todos somos responsables de cuanto hacemos. De cada decisión, de cada acción, de cada negación o inacción. No tratemos de mascullarla y enervarla. No disimulemos nuestros deberes.

Está claro que por mucho informe Chilcot que exista, difícilmente actuará la Corte Penal Internacional, porque simplemente sus estatutos, redactados siempre por los victoriosos, han dejado en el limbo y sin competencia esta cuestión y ámbito de tutela.

Se aplica a otros, los que son obligados. Nunca a vencedores ni poderosos. Máxime a aquellos que no suscribieron su sumisión y fuero a este Tribunal o Corte.

Nuremberg fue la excepción, el lavado de conciencia para algunos. Pero también hay una responsabilidad cuando un presidente decide que un avión no tripulado o tripulado ataque un objetivo que se dice militar y mueren personas completamente inocentes.

Ya se sabe, daños colaterales, el eufemismo mentiroso e hipócrita de un tiempo gris. Responsabilidad, concepto vacuo, estéril, innominado.

Abel Veiga es profesor de Derecho Mercantil en Icade.

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