Editorial

Un ejercicio de autocrítica para Europa

David Cameron y Angela Merkel, ayer en Bruselas.
David Cameron y Angela Merkel, ayer en Bruselas.

La ola expansiva del brexit ha suavizado al tercer día el castigo en los parqués de los mercados, que cerraban ayer con alzas generalizadas tras tres jornadas de violento vendaval. No ha ocurrido, sin embargo, lo mismo con la política comunitaria, que ha comenzado a mostrar las primeras grietas en cuanto al modo de enfocar la problemática salida de Reino Unido de la UE. El escenario de ese agrietamiento ha sido la cumbre europea celebrada ayer en Bruselas, en la que el primer ministro David Cameron tuvo que dar explicaciones a sus homólogos europeos sobre su fracasado intento –un fracaso histórico y sin paliativos de ninguna clase– de mantener a Londres en el seno de la Unión. La reunión de los 27, que podría ser la última del premier británico, sirvió para evidenciar una vez más la disparidad de criterios en torno a la dirección que debe adoptar el proyecto europeo, así como la ausencia de una gobernanza sólida, más allá de la bicefalia ejercida por Berlín y París, que ayer mostraron también sus diferencias respecto a la gestión del brexit.

La canciller alemana, Angela Merkel, ha querido dejar claro que no habrá negociaciones “ni formales ni informales” sin solicitud británica, pero con una buena dosis de realismo económico ha añadido que la UE debe mirar al Reino Unido “como amigo y socio”, lo que abre la puerta a una salida suave. François Hollande, por su parte, en una postura con menor apoyo en la cumbre, recordaba que “es una suerte estar en Europa” a modo de vacuna frente a las posibles secuelas euroescépticas del referéndum y pedía que se active cuanto antes el mecanismo de salida del tratado de Lisboa, el famoso artículo 50. Entre las voces más tajantes destacó la del primer ministro italiano, Mateo Renzi, que despachó el problema con un expeditivo “los británicos han votado. Punto. Se pasa página” .

La frase suena bien, pero Renzi no tiene razón. La salida de una potencia política y económica del calibre de Reino Unido de la UE no se puede afrontar con un mero pasar página. Como en toda ruptura, Europa debe gestionar un proceso que dejará heridas en uno y otro lado, aunque probablemente estas sean menos sangrientas de lo anunciado, tal y como la postura de Alemania parece dejar entrever. A día de hoy, el mayor peligro del brexit no parece estar tanto en la economía o en las finanzas –aunque ya ha habido bajas en la City, como la de la EBA– sino en la propia cohesión política de la Unión Europea y, por tanto, en su supervivencia. La mejor respuesta dada hasta el momento al desafío británico ha sido la llamada a la autorreflexión propuesta ayer por Angela Merkel para que Europa estudie las razones que pueden haber alentado la pérdida de confianza de los europeos en el proyecto común. Se trata del primer paso de una tarea urgente e impostergable: sentar las bases para una Europa capaz de un futuro común.