Editorial

Inversión pública y afán reformador

La OCDE ha reclamado a las economías que dispongan de margen fiscal que refuercen el gasto público para hacer frente a la debilidad del sector privado

La receta que propone fue arrinconada durante los peores años de la crisis

El secretario general de la OCDE, Jose Ángel Gurría.
El secretario general de la OCDE, Jose Ángel Gurría. EFE

El intercambio de recetas para impulsar el crecimiento global que se desarrolla entre las distintas instituciones internacionales, servicios de estudios y economistas de todo el mundo sumó ayer un nuevo capítulo en apoyo de la inversión pública. La OCDE ha reclamado a las economías que dispongan de margen fiscal –no es el caso de España– que refuercen el gasto público para hacer frente a la debilidad del sector privado. El organismo reconoce un hecho obvio que ha sido recordado numerosas veces por el presidente del BCE, Mario Draghi: la política monetaria expansiva no proporciona gasolina suficiente para tirar de la economía europea y debe ser complementada con otro tipo de medidas.

La receta que propone la OCDE –la vuelta a la inversión pública– fue arrinconada durante los peores años de la crisis. Los elevados niveles de déficit y endeudamiento público que arrastraban la mayor parte de los países hacían inviable apoyar un mayor gasto. Fueron los ejercicios de los recortes draconianos y de las severas políticas de austeridad, cuyo objetivo fue restablecer el desequilibrio fiscal de los Estados, meter en cintura el coste de financiación de las economías y, en algún caso, evitar quiebras y rescates.

Buena parte de los países europeos –España, entre ellos– siguen inmersos en la senda hacia la consolidación fiscal sin margen de ningún tipo para potenciar desde las arcas públicas la inversión. No es el caso de otros –el ejemplo más claro es Alemania–, hacia los cuales está dirigida la recomendación de la OCDE. El país germano cerró el año pasado con un superávit fiscal del 0,7% del PIB. Una holgada situación financiera que no comparten la mayoría de sus vecinos, asfixiados por los números rojos y la necesidad de cumplir con los objetivos de Bruselas.

Berlín ha desempeñado durante la crisis económica el papel de la hormiga laboriosa que pasa el invierno a cubierto gracias a su prudencia y previsión, en contraste con las alegres cigarras que purgan con sudor y lágrimas los excesos del verano. Sin embargo, y al contrario que en la fábula, la economía alemana forma parte de un marco global interconectado y, por tanto, se beneficia en unos casos y se ve perjudicada en otros por la situación de sus vecinos. Ante una coyuntura de crecimiento todavía frágil, la denominada locomotora de Europa debería sacar partido a su margen fiscal para potenciar su actividad y reforzar así su capacidad para tirar del euro.

No solo los países con margen presupuestario cuentan con deberes que realizar. Las economías que no disponen de esos recursos tienen pendientes reformas estructurales que flexibilicen sus marcos productivos y faciliten la actividad. En el caso de España, esa hoja de ruta precisa de un paso previo y urgente: la formación de un Gobierno capaz de implantar esas reformas con firmeza y celeridad.