Editorial

Hacia una banca europea fuerte

Hacia una banca europea fuerte

El anuncio el pasado jueves de la ampliación de capital de Banco Popular –la tercera en tres años y medio– y los redoblados rumores sobre posibles ofertas de fusión han vuelto a poner sobre la mesa el debate sobre la fortaleza del sector financiero español y su evolución en el futuro. La decisión de Popular se hizo pública solo un día después de que la presidenta del consejo de supervisión del Banco Central Europeo, Danièle Nouy, afirmase en Madrid que el supervisor no reclamará más capital, en general, al sector. Pese a ello, tanto Nouy como su homólogo en la Autoridad Bancaria Europea (EBA), Andrea Enria; el director de Asuntos Monetarios del FMI, José Viñals, y el gobernador del Banco de España, Luis María Linde, coinciden en que la hoja de ruta que debe afrontar la banca española y europea tiene tres frentes: digitalización de los servicios, concentración de entidades y recorte de gastos.

La receta parece ser el mejor blindaje para el futuro de un sector que está operando en condiciones excepcionalmente adversas. El entorno de tipos cero e incluso tipos negativos que ha impuesto la política monetaria del BCE ha estrechado de forma severa los márgenes de negocio. Y lo ha hecho hasta el punto de que pocas voces habrían apostado hace apenas cinco años sobre la sostenibilidad del sistema financiero en un escenario de estas características. Sin embargo, este ha llegado y los bancos han tenido que adaptarse a sus condiciones con un esfuerzo que no será fácil de mantener durante mucho tiempo más.

De las tres soluciones repetidas por los reguladores, hay dos que no generan excesivas dudas. La apuesta por la digitalización del negocio ya no es una opción, sino una necesidad, fruto de un fenómeno imparable que ha transformado la gestión y las relaciones comerciales en la banca, pero también en el resto de los sectores. La tradicional relación del cliente con la oficina se está transformando ante un nuevo consumidor que quiere operar desde su terminal móvil y no exige conocer el rostro humano de su banco.

La carrera tecnológica trae implícita ya otra de las exigencias que imponen los tiempos: el recorte de gastos. Digitalizar los servicios supone reducir el número de oficinas y, por tanto, de personal, salvo en casos como el de CaixaBank, que ha decidido apostar por ambos modelos de negocio y mantener su amplia red de 5.500 sucursales. Cuando todavía no se han cerrado los últimos flecos de la reestructuración que ha vivido el sector en España, los expertos apuntan a la necesidad de otra vuelta de tuerca que se saldaría con menos entidades y con un número de sucursales inferior al que existía en los ochenta, es decir, menos de 25.500 oficinas frente a las más de 31.000 del pasado año. Pero sin duda es la tercera recomendación –la consolidación– la que encuentra más resistencias y dificultades. Los mercados no se muestran propicios a apostar por un sector cuya rentabilidad se ha reducido drásticamente, más aún cuando cualquier operación debería ir acompañada de una ampliación de capital con el consiguiente riesgo de penalización de los inversores.

Ese riesgo es el que ha debido desafiar Popular con el anuncio de la macroampliación de capital como un modo de neutralizar la desconfianza del mercado sobre la capacidad de la entidad para digerir todo el ladrillo que tiene en su balance. El banco, que el viernes cerró con un valor de 3.550 millones de euros, ha mantenido hasta ahora férreamente su vocación de independencia, pese a las apuestas del mercado y los tanteos por parte de entidades como CaixaBank o Sabadell.
Sin embargo, tanto la apuesta por la unión bancaria en Europa como las dificultades que ofrecen un mercado comunitario fragmentado y una economía europea todavía en fase de recuperación apuntan a la necesidad de avanzar hacia una consolidación en la banca del Viejo Continente. Más allá de las dificultades impuestas por los tipos bajos, la experiencia de los años de la crisis ha dejado claro que un sector financiero fuerte constituye un pilar para hacer frente a los ciclos de la economía. Las exigencias de capitalización y solvencia deben, por ello, ser homogéneas y suficientes.