Tribuna

La sostenibilidad en la fábrica del futuro

Hace ya bastantes años que se iniciaba en el mundo una tendencia imparable con la ecología industrial. Comenzó suave (multas, auditorías medioambientales y certificaciones, exámenes cliente–proveedor, etc.), pero pronto, el mercado ya penalizaba con lo que más dolía, pérdida de ventas, a aquellas empresas que contaminaban sistemáticamente o incurrían en accidentes medioambientales más o menos aparatosos o graves. Aun sin conciencia explícita de lo que los productos en si pudieran arrastrar de sucio, y de su reciclabilidad.

Si bien es cierto que todo aquello se inició y era más intenso en sociedades desarrolladas, pronto se fue generalizando, de forma que únicamente era ignorado en entornos de pobreza o subdesarrollo significativos. El sutil, poderoso e irreversible paso era la concienciación colectiva con la futura situación, dramática y exponencial, del planeta con el calentamiento global. La ecología se había convertido en un Deber Moral con mayúsculas y nadie lógico y ético compraría a delincuentes.

Y, más o menos, en esta situación nos encontramos hoy. Entonces, dada la gravedad de la situación, no es nada difícil prever el próximo hito: fabricar productos duraderos a precios mayores, porque –y aquí está la clave–, salvo en mercados marginales, muy pronto todos estarán dispuestos a pagar algo, o incluso bastante más, por algo que sea compatible con el medioambiente.

Pero hay algo clave; incluso el reciclado de productos antiguos, si es consistente con su funcionamiento o consumo correctos, puede ser una fuente extremadamente rentable. Y no solo porque adquiera el desecho obsoleto reciclable a un precio ridículo, o porque sea capaz de refabricar de manera eficiente, que no es sencillo, materiales de entrada con situación muy cambiante de unos a otros (todo ello sería efecto coste). Es, sobre todo, porque con acomodaciones de diseño convenientes, podría incrementar su valor funcional o de uso, y posiblemente obtendría además un atractivo vintage. Todo esto, que hoy se da ya en el mercado del lujo, se va a generalizar.

La fábrica del futuro (FF) tiene, por su concepto básico de “que todas las personas se diviertan y motiven con el manejo de la tecnología, porque sean capaces de comprenderla y hacerla evolucionar con un sentido de aportación a la sociedad”, la base perfecta para ser el hogar de productos sostenibles. Es más, yo diría que, sin ellos, pierde casi todo su sentido, porque el manejo de ideales es su parte esencial, y porque entonces necesita contribuir de forma activa a evitar una previsible catástrofe climática. El limpiar mis procesos y evitar parte de su huella de CO2 es tan solo algo reactivo –el reciclaje con valor incrementado de productos es otra cosa–, pero en cualquier caso muy necesario.

La fábrica del futuro tiene, además de las éticas, las propiedades tecnológicas que la hacen idónea para lo duradero y limpio: una ingeniería compacta y potente que integra a todos los niveles de fabricación, incluido, especialmente, el operador de máquinas, una inteligencia tecnológica que se distribuye hasta éste último, y una agilidad de funcionamiento en sus modelos de negocio, diseño, operaciones y logística. Con ello se enfrenta con naturalidad a la problemática de renovación continua de diseños, aprovechando las oportunidades de nuevos y avanzados materiales, y genera así viabilidad en todos los procesos de reciclado de alto valor con refabricación como mencionaba antes.

Bien, tenemos las condiciones ¿cómo debemos aplicarlas a la sostenibilidad y a lo que los clientes demandan de ella?

Hay un elemento esencial para estos productos; durabilidad, lo que implica que sean intrínsecamente fiables, robustos y sencillos, que tengan una utilidad y/o una funcionalidad avanzadas, limpias, saludables, e intuitivas (a pesar de su diseño simple), y que presenten una estética elegante y sobria, minimalista y lejos de exuberancias. O sea, que tengan fondo y forma; ambos.

Pero acabo de citar ideas que, sin esfuerzo de concepción, son antagónicas: productos fiables y duraderos versus funcionalidad avanzada, y ésta versus su uso o consumo intuitivos.

Afortunadamente, y de nuevo, la fábrica del futuro tiene la respuesta, porque ésta no es otra que tener procesos de ingeniería mucho más científicos que empíricos, utilizarlos de forma generalizada desde el desarrollo del producto hasta la línea de fabricación y la logística de distribución, y fabricar con unas tolerancias muy estrechas y defectos cero a la primera, lo que es otro conflicto si no se tiene la capacidad tecnológica necesaria. Esta es elevada, pero perfectamente alcanzable con la aplicación de esos principios intrínsecos que deben gobernar la fabricación avanzada a la que me refiero.

Con este modelo, cuya intensidad de aplicación es relativa a cada naturaleza de producto (no es lo mismo hacer durable o reciclar, por ejemplo, una aeronave, que sistemas electrónicos, o productos alimenticios, por poner tres niveles de complejidad), la rentabilidad potencialmente alcanzable es enorme, no menos que un 15%-20% sobre ventas y, sobre todo, les damos un sentido e ideales a las fábricas que dejan de ser –si es que aún lo son, cosa que dudo– exclusivamente una fuente de más o menos dinero.

Javier Borda Elejabarrieta es Presidente de Sisteplant. Profesor de la ETSII de Bilbao (Aula Aeronáutica) y de la Universidad Juan Carlos I (Logística para Defensa)