Tribuna

Pena capital y criminalidad

Acaba de publicarse la estadística del año 2015 que refleja el número de personas que han sido ejecutadas en el mundo: 1.600, aunque este número no incluye las ejecuciones de algunos países que se resisten a colaborar en el cómputo.
Desde hace siglos, escritores y juristas han combatido las torturas, los malos tratos y la pena de muerte. Entre ellos hay que destacar al penalista italiano Cesare Beccaria, quien en su obra De los delitos y de las penas se opuso a la utilización de tormentos para obligar al reo a confesar y con gran contundencia a la pena de muerte, que consideraba la más grave violación de los derechos civiles.
Este gran penalista expuso terribles ejemplos en los que se demostraba el error de la condena con la intención de que se modificara la legislación, derogando no solo la pena de muerte sino también los castigos físicos. Las penas han de servir únicamente para impedir que el delincuente pueda causar nuevos daños y que los conciudadanos se abstengan de cometer delitos. Las teorías de Beccaria fueron muy criticadas en principio; la obra tuvo que publicarse en la clandestinidad, aunque toda Europa se estremeció con ellas, incluso el Código Penal británico recogió sus criterios probablemente por la influencia de Jeremias Bentham. Otros códigos del continente siguieron el ejemplo.
Victor Hugo les decía a los poderes públicos que no pueden enseñar que no hay que matar matando. Está demostrado que el mantenimiento de la pena de muerte no produce menor criminalidad.
También el gran escritor Manzoni, en su obra Historia de la columna infame, criticó con dureza el sistema judicial de la época relatando una abominable historia procesal de la que culpabilizó a los jueces que aplicaron atroces torturas a un barbero y a sus ayudantes hasta la muerte para que confesaran un crimen que nunca tuvo lugar. Según los acusadores, la peste de Milán se debía a los ungüentos esparcidos por la ciudad que extendían la enfermedad.
Con esta obra, el autor quiso conmover a los lectores con la descripción de los castigos aplicados sin piedad por los representantes de un sistema procesal y social que utilizó esa práctica siniestra para obtener la confesión de los reos sabiendo a ciencia cierta que se trataba de un delito imposible física y moralmente. En el prefacio del libro, Manzoni manifiesta su pesar al relatar lo sucedido, pero añade que si una sola tortura o pena de muerte se evitase, merced a los horrores que en él se muestran, bien empleado estaría el doloroso pesar de escribirlo. El escritor Leonardo Sciascia, al prologar la reedición de la obra de Manzoni, expresó su indignación por la presión que sufrieron los reos y testigos con promesas de impunidad aunque sostiene que este sistema sigue en la más palpitante actualidad pues “estamos comprobando que ciertos mecanismos perversos no son privativos del siglo XVI y por ello los errores del pasado no deben olvidarse, han de rememorarse de continuo y preciso es vivirlos y juzgarlos en el presente”.
Es cierto que en esa época la tortura y la pena de muerte se aplicaban en casi toda Europa, excepto en Suecia y en Reino Unido, y debemos resaltar con orgullo que tampoco se practicaba en el Reino de Aragón, como señala Antonio Gómez en su obra De tortura reorum.
Esta obra de Manzoni permaneció desconocida muchos años, tal vez por su estremecedor proceso judicial. Fue Pietro Verri quien se propuso, después de 147 años del ominoso juicio, demostrar la inocencia de los acusados reclamando para ellos, en su obra Observaciones contra la tortura, una gran compasión, aunque fuera tardía. Sin embargo, tampoco la obra de Verri, escrita en 1777, se publicó inmediatamente. Se conoció años más tarde al ser incluida en la compilación de Clásicos italianos de economía política. El editor justificaba el retraso aduciendo que “se temía que la antigua infamia manchara la honra del Senado”. Lo cierto es que la memoria de los injustamente condenados y perseguidos quedó reparada. La columna fue derribada en 1778, pero la idea de justicia sigue siendo en muchos países como hace siglos. Falta mucho camino por recorrer hasta conseguir la absoluta erradicación de esta iniquidad. Hay que clamar contra tan grave atentado a los derechos humanos para poder llegar a lo que Jürgen Habermas llama un “universo moral”, en el que se consiga la total abolición de la pena de muerte y de los tormentos, base indispensable para conseguir la paz perpetua que proclamaran Emmanuel Kant y Fitche. Esperemos que se erradique en todo el mundo esta terrible práctica que produce bochorno a toda gente de bien.
Los delincuentes, por muy perversos que hayan sido sus crímenes, deben tener un proceso con las garantías del Estado de derecho, tal como establecen las Cartas Magnas y las convenciones internacionales de los países civilizados, el derecho a la vida es sagrado. Hay que elevar un gran clamor contra las torturas y la pena de muerte y reprobar a los países que las aplican.

Guadalupe muñoz Álvarez es Académica correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación