Editorial

A la busca de soluciones para la deuda global

La prolongada crisis financiera y económica que estalló en 2007, así como las soluciones que se arbitraron para combatirla, han disparado el endeudamiento en el mundo hasta niveles muy preocupantes. Tanto, que nadie duda de la existencia de una monumental burbuja de endeudamiento, aunque hasta ahora, y siempre en términos generales, los emisores siguen honrando el papel vendido. En total, los cálculos para el cierre de 2014 (que seguramente una actualización de urgencia la elevaría aún más) hablan de un endeudamiento de los Estados, las empresas industriales y de servicios, la banca y las familias de las 47 economías más apalancadas de cerca de 200 billones de dólares (179 billones de euros), o lo que es lo mismo, un 286% del PIB de tales países, que bien puede considerarse todo el planeta en términos de riqueza.
Desde el inicio de la crisis, según un informe de McKinsey Global Institute, se ha incrementado en unos 57 billones de dólares, con un avance muy elevado de la deuda emitida por los Gobiernos, que han tenido que absorber endeudamiento privado tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en muchas economías occidentales. Pero el reparto se produce prácticamente a partes iguales entre los cuatro agentes antes citados como emisores, aunque con proporciones bien diferenciadas por países. El mayor porcentaje de deuda por países se concentra en Japón, con un 400% de su PIB, con la mitad del papel emitido por el Estado pero convenientemente financiado con ahorro interno, para hacer frente a la crisis económica, que para el país asiático llegó en 1990, y de la que batalla por salir con inyecciones monetarias continuas. Disponen también de pasivo muy elevado los rescatados en Europa por las crisis bancarias, como Irlanda, Portugal y Grecia. Aparece España como uno de los que más ha estirado la deuda pública durante las vacas flacas: del 35% del PIB al 99,3%. Y llama también mucho la atención China, que ha cuadruplicado el pasivo en la crisis, y donde una parte muy elevada del mismo está en manos de la banca en la sombra, aquella no plenamente regulada y que genera más dudas sobre su refinanciación futura.

Igual de repartidos que están los emisores de la deuda lo están los acreedores, generalmente particulares y fondos de inversión de los países de OCDE, de los productores de petróleo y recientemente de los emergentes vendedores de materias primas, además de los bancos centrales. El equilibrio entre ahorro y deuda se mantiene gracias al movimiento global del dinero, pero un episodio de impago en cualquier lugar del planeta puede desatar una oleada de desconfianza que tendría la potencia devastadora de una bomba atómica para la economía mundial. Los expertos aconsejan comenzar a hablar en los foros internacionales de fórmulas para reestructurar el endeudamiento en el mundo, o al menos ponerle freno para no deteriorar los estándares delicados de solvencia en los que hoy se mantienen las finanzas globales. En caso de no frenarla, el daño que ya ahora inflinge al crecimiento de la economía se intensificará y la solución será más complicada cada año que pase. Hoy el pago de la deuda absorbe tal cantidad de recursos que paraliza los destinados a consumo e inversión, además de presionar de forma lesiva sobre los tipos de interés. Las propias medidas de los bancos centrales con inyecciones de liquidez y dinero gratis no han sido suficientes para combatir el endeudamiento; de hecho, desde que las aplican, ha crecido, salvo honradas excepciones donde el crecimiento y los recortes de gasto han logrado alivios evidentes, como en España.

Aplacar los efectos del endeudamiento sobre la actividad solo puede lograrse con el propio crecimiento, que reduce el peso relativo de la deuda y mejora los recursos de los deudores;con inflación, para aminorar la carga relativa de los emisores sobre su riqueza; con tipos de interés muy bajos mucho tiempo para dar margen de repago,o con reestructuraciones del pasivo, que siempre suponen una quita en la práctica, aunque solo se trate de prolongar plazos y aliviar costes de financiación. Sea por el método que sea, el mundo no puede seguir engordando su pasivo: tiene que ponerse a una reducción selectiva si quiere disponer de margen de crecimiento para el futuro, el único que garantiza, sobre todo en Europa, empleo a sus moradores y estabilidad al Estado de bienestar.