Editorial

Un petróleo a un precio razonable

El acuerdo alcanzado en Doha por Arabia Saudí y Rusia para congelar sus niveles de producción de crudo constituye un paso adelante en el objetivo de frenar la caída del precio del petróleo. El pacto, al que se han sumado también Catar y Venezuela, supone un cambio de dirección en la política de la OPEP –que a mediados de 2014 decidió aumentar su producción para expulsar del mercado a los productores menos eficientes y defender su posición– y sienta las bases para un repunte del precio de esta materia en los próximos meses, aunque todavía es prematuro hablar del final de la era del petróleo barato.
Para los mercados, que esperaban una medida más enérgica, el acuerdo se queda claramente corto. Los inversores apostaban por un pacto que supusiese recortar la producción en lugar de un acuerdo que únicamente frena las subidas de esta. A ello hay que sumar que el pacto afecta a un grupo de países que en el último mes no han aumentado su producción, por lo que los efectos reales sobre el mercado tienen de momento realmente muy poca relevancia. Pese a todo, lo acordado en Doha constituye un primer paso para caminar hacia un pacto mayor en cuanto a los países involucrados y, por tanto, más efectivo. Tampoco se puede minusvalorar la importancia de que los dos principales firmantes sean Arabia Saudí, que ha reiterado que reducirá su producción solo si otros países no miembros de la OPEP hacen lo mismo, y Rusia, segundo productor mundial, que hasta ahora se había negado a hablar de esa posibilidad con el argumento de que la competitividad de su industria puede mantenerse a cualquier precio, además de aludir a los problemas técnicos que supone reducir la producción del oro negro.
La fuerte caída que ha experimentado el precio del petróleo beneficia a las economías de los países importadores de crudo, como es el caso de España, y especialmente a empresas de sectores muy relacionados con esta materia prima, como el transporte, y a los propios consumidores. La desorbitada escalada de precios que experimentó el petróleo –en 2008 llegó a rozar los 150 dólares por barril– tuvo un impacto importante en las economías importadoras al abultar considerablemente sus facturas. Sin embargo, también el desplome del crudo se ha convertido en un elemento perturbador en los mercados y en un factor más de inestabilidad. En ese sentido, sería deseable que el pacto de ayer en Doha sea el primer paso de un acuerdo más amplio y efectivo que lleve los precios a una horquilla más razonable y con aspiraciones de una mayor estabilidad. Todo ello sin olvidar la necesidad de avanzar hacia una política energética menos dependiente del petróleo y menos vulnerable, por tanto, a las estrategias e intereses del club de los países productores.